zapatos

Ayer coincidí con un antiguo conocido.  Le había visto alguna vez, encuentros fortuitos, en los últimos años.  Un tipo gris, más bien tristón, apagado, con poco que decir y menos aún que aportar.  Una pena de tío, vamos.  Sin embargo, ayer parecía otra persona: radiante, feliz, sonriente, con grandes proyectos e ilusiones.

No pude resistirme y le pregunté qué había cambiado en su vida para que se hubiera operado en él semejante transformación.  La respuesta me dejó helado: «Hace unos meses, murió mi padre».  El shock me hizo responder una barbaridad: «Pues parece que el luto te ha sentado de maravilla».

Estalló en una carcajada y me aclaró: «No, hombre no.  Adoraba a mi padre, era un buen hombre que siempre me quiso y estuvo a mi lado.  Pero, en mi intento de hacerle feliz, hice de mi vida lo que pensaba que él quería que fuera…  Y me fui apagando, porque fui aparcando todos mis sueños.  Cuando enfermó, nuestra relación se estrechó, ganamos en intimidad, y un buen día me dijo algo que iba a cambiar mi existencia: hijo, paseas por la vida llevando mis zapatos…  Y te van pequeños.  Descálzate y búscate unos a tu medida.  Quiero saber, antes de irme, que vas a ser feliz de verdad.

Paradójicamente, una vez más iba a hacer lo que él quería, pero esta vez coincidía con lo que quería yo.  Me apoyó hasta su muerte, y eso me liberó».

Me impresionó: hay que ver lo que puede llegar a doler el caminar por la vida con los zapatos de otro.  Seamos nosotros mismos, brillaremos mucho más.

Share This