Hoy no tengo tiempo para escribir, así que seré breve.  Me limitaré a compartir contigo el texto sobre el que hoy estoy haciendo oración, unas líneas que dicen mucho en muy poco espacio.  Son de San Agustín, y dicen así:

Cuando te apartas del fuego
el fuego sigue dando calor,
pero tú te enfrías.

Cuando te apartas de la luz,
la luz sigue brillando,
pero tú te cubres de sombras.

Lo mismo ocurre cuando te apartas de Dios.

La frialdad y la oscuridad que sentimos no son fruto de que Dios se haya retirado o escondido, son la consecuencia de la distancia -a veces infinita- que ponemos entre Él y nosotros por dejadez, estupidez, egoísmo o miedo.  Y nosotros mismos somos los principales perjudicados, junto a quienes nos rodean.

¿La Buena Noticia?  Que el fuego sigue allí, sin apagarse, ofreciendo su luz y calor a quien se acerque…  Sin pedir nada a cambio.  Es Su Naturaleza. Y la nuestra es la de estar cerca de esa fuego para tener -y mantener- una existencia llena de Vida, de ardiente Vida que desborde, ilumine y transmita su calor a través de nosotros, posibilitando la calidez y el descubrimiento de esa zarza ardiente a quienes permanecen alejados de esa Fuente que a todos quiere abrazar con su luz y calor.

Acerquémonos al Fuego para ser fuego, capaz de transmitir el Fuego, su luz y su calor.

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