No es la primera vez que lo digo: vivimos tiempos de superficialidad, de postureo…  También en el ámbito de la enseñanza, de la cultura y del aprendizaje.

Cuando el afán de cuidar la propia imagen se une a la insaciable sed de posesiones, surge de su unión una peligrosa especie -de apariencia humana- que acumula conocimientos como quien acumula prendas de ropa y accesorios para engalanarse.  Estos pavos reales de la intelectualidad son fácilmente reconocibles porque -en cuanto tienen ocasión- extienden su cola para maravillar al auditorio con su colorido e incomprensible vocabulario, con la complejidad de sus razonamientos, con la infinidad de sus citas textuales…  Que ponen de manifiesto la debilidad de su carácter, su necesidad de destacar,  una gran erudición…  Y muy poca sabiduría.

No lo digo yo, lo dice Séneca, y a él me remito en esta ocasión porque es difícil expresarlo mejor y no quiero perder profundidad ni caer en el plagio:

Los alimentos que hemos recibido, mientras perduran en su cualidad y flotan sólidos en el estómago, son una carga; pero cuando se han transformado de lo que eran, entonces pasan a ser energía y sangre.  Realicemos lo mismo en estas cosas que con las que se alimenta nuestra inteligencia, para que cuanto hemos extraído no consintamos que permanezca intacto, para que no sea de los demás.  Digirámoslas; de lo contrario, irán a la memoria, no a la inteligencia.  Asimilémoslas con fidelidad y hagámoslas nuestras, para que resulte una unidad de entre muchas cosas (…)  Haga nuestro espíritu esto: oculte todo con lo que se ha ayudado, muéstrese solamente lo mismo que ha elaborado.  E incluso si la semejanza de alguno que te haya calado hondo por admirarlo te dispone, quiero que tú te parezcas como un hijo, no como retrato.

Rumiar, digerir…  Hacer del conocimiento alimento que nos dé vida y nos ayude a crecer…  Y no una posesión a la que apegarnos, con la que lucirnos o en la que enmurallarnos.

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