bautismo

El sábado pasado bautizamos a mi hijo pequeño, así que ya te he adelantado cuál es mi personal respuesta a la pregunta que encabeza este post.

Es éste un tema sobre el que creo que no habría escrito jamás si no fuera porque hay gente muy mal educada…  Vamos, gente carente de toda educación.  Soy una persona de naturaleza tolerante, tranquila, comprensiva.  Tengo un profundo respeto por la libertad personal, por lo que comprendo y promuevo que cada uno trate de actuar en conciencia ante las distintas elecciones que nos exige la vida.  Pero me enciende que intenten manipularme torticeramente en nombre de esa misma libertad, o que me insulten -a la cara- armados con débiles argumentos y una prepotencia que sólo esconde superficialidad y miedo.

Me explico: como decía al comenzar este escrito, el sábado bautizamos a mi hijo pequeño.  Así que llevamos un par de semanas de preparativos: concretar lugar, fecha y hora; confirmar con el sacerdote que ha bautizado a todos mis hijos si le iba bien; avisar a los familiares y amigos más cercanos para que compartieran con nosotros la celebración; diseñar y elaborar los recordatorios del bautizo; preparar una comida en casa para terminar la jornada con un ágape lúdico festivo que plasmara nuestra alegría y nos permitiera brindar con nuestros seres más queridos en nombre del protagonista del día…  Un faenón, cierto, pero un faenón que se hace muy a gusto por el pequeño de la casa.

Sin embargo fue durante ese proceso de preparación en el que me topé con un par de personas que -al enterarse de que iba a bautizar a mi hijo de dos meses- en lugar de felicitarme o simplemente callar su disconformidad, decidieron que era un buen momento para llamarme liberticida, para acusarme de fundamentalista y para asegurarme que la única vía para demostrar respeto por la libertad de un hijo era no bautizarle, no imponerle una religión y dejar que escogiera cuando se hiciera mayor.  No es la primera vez que escucho estos argumentos.  De hecho, tengo algunos amigos que los han aplicado con sus hijos.  A los que me han pedido mi opinión, se la he dado.  A quienes no, me la he callado.  Porque entiendo que cada uno actúa con sus hijos como le parece más adecuado.

Pero no todo el mundo actúa igual, y algunos se creen que realizan una gran labor social tratando de liberarte de tus medievales dependencias religiosas…  En fin…  Por si le sirve a alguien para no prejuzgar a los demás, o para tener otro punto de vista a la hora de tomar la decisión de bautizar o no bautizar a su hijo, o para contestarle al imbécil que pretenda imponerle su peculiar forma de educar a sus hijos en esta materia en nombre de una mal entendida libertad… Para todos ellos va este post en e que sintetizo por qué he decidido bautizar a mi hijo, en nombre de su libertad.

Los hijos no nacen en soledad, nacen en un entorno de seguridad que es la familia.  Y ésta les abraza amorosamente, arropándoles y protegiéndoles.  Atendiéndoles en sus necesidades, promoviendo su autosuficiencia, asegurando su crecimiento y desarrollo.  Para ello, especialmente sus padres, tratamos de dotarles de todo aquello que alimente su cuerpo, su mente y su alma para que crezcan fuertes y sanos.  Y lo hacemos sin preguntar: les «imponemos» nuestra presencia, nuestra lengua, nuestras costumbres familiares, el colegio al que les llevamos, cuanto les enseñamos y ocultamos…  Y nadie se plantea que eso restrinja su libertad sino que, al contrario, entendemos que se trata de un camino para plasmarla y concretarla.   Si no les enseñáramos una lengua, ¿estaríamos educando en la libertad o estaríamos dando lugar a un niño analfabeto, retringiendo sus posibilidades futuras de desarrollo? ¿Por qué aplicar, pues, un criterio distinto a su libertad religiosa?  ¿Por qué no hacer partícipe a nuestro hijo de nuestras creencias religiosas?  ¿Por qué no bautizarle?

Aquí, realmente, me he encontrado con dos posiciones que me merecen distinta valoración: la primera es la de quienes -pese a sus particulares creencias religiosas, existentes o inexistentes- deciden no bautizar a su hijo, ni formarle confesionalmente, sino que optan por darle una educación en espiritualidad aconfesional (fomentando el cultivo del silencio, de la meditación, los distintos yogas, el encuentro con la naturaleza, el estudio y conocimiento de las distintas tradiciones religiosas) y posponiendo la vivencia de una religiosidad concreta a un momento futuro de la vida de su hijo, en la que él pueda tener la última palabra.  No me parece mal del todo, me parece hasta razonable…  Aunque no sea mi posición.  Y no lo es porque el fondo, sin forma, a menudo se diluye y se pierde.  Aunque he defendido mil veces que las religiones son dedos que señalan a la luna de la espiritualidad, también he afirmado en más de una ocasión que beber de la espiritualidad sin la ayuda del vaso que es la tradición religiosa resulta ciertamente difícil…  Especialmente en la etapa de la infancia espiritual.  Por ese motivo, ésta no es mi opción…  Aunque la respeto profundamente y comprendo su lógica interna.

Cosa distinta me sucede con quien -sin practicar espiritualidad o religión alguna- impone su increencia a su hijo y no le da formación alguna respecto a una parte esencial de su existencia, la que tiene que ver con la trascendencia, con el ir más allá de uno mismo y de la apariencia.  No cultivar la espiritualidad de nuestros hijos es convertirles en analfabetos espirituales que el día de mañana tendrán serias dificultades para comprender cuanto tenga que ver con la religiosidad, con esa experiencia de planitud y gozo que surge del encuentro con lo más interior de uno mismo, con la constatación de la interconexión que fundamenta toda preocupación y responsabilidad social sólida, con la búsqueda del sentido de la vida que -según Viktor Frankl- hace a ésta digna de ser vivida.  ¿Eso es libertad? ¡Anda ya! ¡Que estáis castrando a vuestros hijos en una faceta de su vida que puede resultar esencial para su futura felicidad!

No suelo dedicarme a estas arengas…  Creo que no encontraréis en todo el blog otro artículo en el que critique directamente una forma de educar que no sea la mía.  No es mi estilo, no me gusta…  Pero las circunstancias, y la mala educación de algunos, me han llevado a hacerlo.  Confío en que sirva para algo más que desahogarme.  Tal vez ayude a que, si decides bautizar a tu hijo -o circuncidarle, o iniciarle en el hinduismo, en el budismo o en el Islam- no tengas que aguantar a ningún adalid de una falsa libertad cuestionando tu decisión sin que le hayas pedido su opinión.

Sólo cabe libertad religiosa si dispones de formación religiosa.  El ignorante no tiene donde escoger, se le priva de libertad.  Yo mismo, no vivo la religión en la que se me educó.  Renuncié a parte de esas enseñanzas, profundicé en algunas, exploré otras sendas, transformé muchas creencias, hice nuevas experiencias.  En esa religión que aprendí de niño había una parte de espiritualidad que no era la mía…  Pero forma parte de mis raíces y, sin ella, hoy no podría ser el que soy.

Si eres cristiano, bautiza a tu hijo sin miedo a estar atentando contra su libertad.  Dale un bagaje espiritual que él pueda asumir o abandonar.  Ofrécele la posibilidad de disfrutar y compartir ese encuentro que tú has logrado con el Absoluto.  Ya tendrá él tiempo de hacer su propio camino…  Pero le habrás ofrecido un primer mapa, y una mochila llena de experiencias.  Algo de lo que otros, por desgracia, carecen…  Y les va a costar mucho más encontrar.

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