Todos queremos cambiar de vida

Por muy satisfecho que estés con tu existencia, si prestas atención a tu forma de ser siempre encontrarás algún rasgo de tu carácter que te gustaría mejorar…  Salvo que seas perfecto, o un ególatra.

La buena noticia es que es posible cambiar, la mala es que tiene un precio.  Si estás dispuesto a pagarlo, en este post te ayudaré a descubrir cómo cambiar de vida de un modo simple (que no sencillo) y efectivo.

Los tres ingredientes de una nueva vida

Uno no cambia de forma de ser, ni de vida, de la noche a la mañana.  Todo cambio, toda transformación, implica un proceso.  Y el proceso puede ser más rápido o más lento, dependiendo del cambio del que se trate.  Uno no cambia chasqueando los dedos.  Un proceso de cambio supone una metamorfosis, un morir a lo que eres para renacer de un modo nuevo.  Cambiar de vida supone dar a luz a un nuevo tú, y eso exige pasar por un embarazo.

Para que éste se produzca y llegue a buen término, hay tres elementos que no pueden faltar:

1. La motivación

No hay cambio sin motivación.  Ésta es la causa que te pone en movimiento, el empujón que necesitabas para echarte a andar.  La motivación es la semilla que necesitará unos cuidados determinados para crecer, pero sin la cual no hay cambio posible.  La motivación es lo que te fecunda, lo que pone el proceso en marcha.

Hace unos años, yo fumaba un paquete y medio de tabaco rubio al día.  Me sentaba fatal porque tengo el aparato respiratorio especialmente sensible.  Las bronquitis y neumonías se iban sucediendo una tras otra y, aunque lo intentaba, no era capaz de dejarlo…  Siempre volvía a encenderme un pitillo.

Hoy ya no fumo, hace unos de diez años que lo dejé.  ¿Qué cambió?  Cambió que una mañana, mi hija pequeña, teniendo yo un paquete de tabaco sobre la mesa y un cigarro en la boca, me preguntó: ‘Papá, ¿que no me quieres?’.  Me quedé atónito por la pregunta y le respondí: ‘claro que sí, cariño.  Te adoro’.  Me miró fijamente a los ojos (recuerdo nítidamente su expresión) y me dijo:  ‘Y entonces, ¿por qué fumas si sabes que mata? ¿No quieres vivir más para estar más tiempo conmigo?’.  No tuve valor para contestarle.  Simplemente apagué el cigarro, la abracé, tiré la cajetilla a la basura…  Y nunca más he vuelto a encender un cigarro.

Ése es el poder de la motivación adecuada, darte el empujón que necesitas para ponerte en movimiento, en marcha, en camino hacia el cambio que deseas y no siempre eres capaz de perseguir.

2. La fuerza de voluntad

Con una motivación adecuada, ponerse en camino no es difícil…  Pero mantenerse en él sí que lo es.  Porque quien no está acostumbrado a moverse se cansa con facilidad, y el cansancio nos anima a abandonar.  Sólo caminando coges fondo, sólo esforzándote aumentas tu capacidad de esfuerzo.  Como si de un músculo físico se tratara, el músculo de la voluntad también se desarrolla a base de esfuerzo, de trabajo, de entrenamiento.

Del mismo modo que no puedes ir al gimnasio y tratar de levantar el primer día unas pesas de 100 kg porque, o no podrás, o te dejarás la espalda en el intento, no puedes tratar de hacer un gran cambio en tu forma de ser si no has intentado -y logrado- pequeños cambios antes.

Trabaja tu fuerza de voluntad proponiéndote retos que crezcan en dificultad y exigencia paulativamente, poco a poco.  Permítete experimentar éxitos que te sirvan de retroalimentación de tu motivación.  Divide el cambio que quieres realizar en pequeñas metas que puedas ir asumiendo.

Volviendo al ejemplo de dejar de fumar: no te establezcas como objetivo no volver a encender un cigarro nunca más.  Mejor proponte no fumar durante el día de hoy.  Un día sin humo.  Y mañana proponte lo mismo.  Tal vez, dentro de unos días, tendrás la fuerza de voluntad necesaria para proponerte una semana sin tabaco, y después un mes, un trimestre, un año…

Ejercítate en lo pequeño para lograr lo grande, empieza por lo asumible para terminar logrando lo que hoy te parece imposible.

3. La constancia

Está claro que sin motivación o sin fuerza de voluntad no hay cambio posible.  Pero te aseguro que sin constancia, tampoco.  Porque, por mucha motivación y fuerza de voluntad que tengas, llegará un día en el que el cansancio podrá contigo y caerás.  Un día en el que no podrás más y volverás a tu vida de antes.  Y te sentirás un fracasado, y querrás tirar la toalla.  Te plantearás si tanto esfuerzo a valido la pena para terminar volviendo al punto de partida.

No seas imbécil, claro que ha valido la pena.  Vuelvo, de nuevo, al ejemplo del tabaco.  Si has estado dos meses sin fumar, son dos meses que no has estado machacando a tu cuerpo con ese maldito humo que te deja por dentro como una chimenea sucia.  Dos meses de no embrutecerlo más.  ¿Que hoy te has encendido un cigarro?  ¿Qué es lo que realmente te duele?  ¿No será el orgullo?  Pues déjalo en la mochila y vuelve a empezar.  Porque lo importante no es no caer sino levantarse siempre.

La constancia, en este sentido, es la voluntad de no renunciar a la fuerza de voluntad…  Pese a que ésta se quiebre en alguna ocasión.  Es la voluntad de seguir adelante, de levantarse, sacudirse el polvo de las rodillas y seguir caminando pese a los tropiezos y fracasos.  Y, sin ella, créeme, los cambios quedan a medias, el parto se frustra, no llegas a alumbrar a tu nuevo yo…  Y puede que el éxito estuviera esperándote a la vuelta de la esquina.

El cambio es fruto de la repetición

Hacer algo un día, o dos, no implica que hayas cambiado…  Ni que vaya a cambiarte la vida.  Como afirma Anthony Robbins,

No es lo que hacemos de vez en cuando lo que da forma a nuestras vidas, es lo que hacemos constantemente.

Vivimos en una sociedad cambiante y voluble en la que no todo el mundo posee la motivación, fuerza de voluntad y constancia necesarios para proponerse cambiar y perseverar en esa transformación…  Así que muchos no entenderán tu lucha diaria por cambiar.

Cuando te hablen de lo aburrida que es la rutina, recuerda que los hábitos se forjan a fuerza de repetición, de rutinas.  Y que la gracia de éstas es que lo que hoy te cuesta un esfuerzo terrible lograr, a base de repetición terminarás haciéndolo sin esfuerzo, con mayor naturalidad y destreza…  Lo integrarás en tu naturaleza…  ¡Cambiarás!

Conclusión: ¿cómo cambiar de vida?

El cambio de vida -o de forma de ser- es posible.  Terminaré mi post de hoy con un resumen sintético de los pasos que configuran un proceso exitoso de cambio para que todos lo tengamos claro, podamos ir quemando etapas y nos acerquemos -un poco más- a la mejor imagen de nosotros mismos:

  1. Dedica un tiempo a conocerte, a observarte, a examinar tu vida.
  2. Determina las áreas de mejora de tu existencia.
  3. Plantéate tus metas, a dónde quieres llegar y los cambios que eso implica
  4. Organiza esos cambios de más sencillo a más difícil
  5. Empieza por el primero y, a medida que vayas logrando tus objetivos, empieza con nuevos retos más ambiciosos.
  6. Busca una motivación potente, algo que te haga vibrar por dentro para ponerte en camino.
  7. Fíjate un objetivo realista, alcanzable, que sea exigente pero no desproporcionado y fíjate un plazo de tiempo para lograrlo o considerarlo alcanzado.
  8. Plantéate desde el principio que en todo viaje surgen inconvenientes e incomodidades, que caerás y será necesario levantarse tras cada caída sin desmoralizarse.
  9. Recuerda el punto anterior cuando te enfrentes a la debilidad, a la caída y al fracaso.  Levántate de nuevo, aprende de tu error, recupera la motivación y sigue caminando.
  10. No dejes jamás de caminar.  Busca nuevos senderos sin olvidar por los que ya has transitado.  Nunca seremos perfectos, siempre podremos mejorar…  Por eso mismo, nunca dejes de caminar.

Un último apunte para terminar: ten en cuenta que cambiar tu forma de ser, pulir tus defectos o cambiar de vida no sólo es algo que te hará más feliz a ti…  Es también una responsabilidad para con aquellos que te rodean porque, gracias a este cambio, podrán disfrutar de un mejor tú.

Así que a cambiar, ya nos encontraremos en el camino.

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