Cada uno es como es, lo sé y lo acepto.  Pero todos tenemos en nuestro interior un potencial, una capacidad de mejora que -si trabajamos en ella- nos permite evolucionar a mejor.

La naturaleza me ha dado un temperamento que me lleva a vivir sin esfuerzo algo que para otros es realmente difícil: ver las virtudes y los defectos tanto de aquellas personas a quienes amo como de aquellas otras a las que detesto.  Ése es un regalo que no siempre me trae alegrías porque a menudo me genera conflictos y disgustos con quienes interpretan mi reconocimiento de lo bueno del otro con el apoyo o aceptación de sus defectos o malas conductas…  O mi conciencia de los defectos de mis seres amados como una falta de amor…  Cuando el amor no consiste en no ver los defectos, sino en querer al otro pese a todas sus limitaciones.

Muchos, sin darse cuenta, se dejan llevar por una ceguera selectiva que sólo ve lo bueno del amigo y lo malo del enemigo.  Y, así, afianzan su cercanía a lo querido y su distancia de lo detestado.  Así ganan falsas seguridades, comparando lo mejor de lo propio con lo peor de lo ajeno…  Y cada vez se sienten más a gusto con sus cosas, y más alejados de todo lo demás.

Mi problema es que tan injusto me parece no reconocer la virtud ajena como ocultarnos el vicio propio…  Y, así, algunos me expulsan de su círculo de próximos para considerarme parte de los otros…  Todo porque no veo en blanco y negro, porque percibo los grises y disfruto de ellos.

No es algo que haya elegido, soy así.  Pero prefiero ver lo que me gusta y lo que me disgusta, de lejos y de cerca, que sufrir de una ceguera que sólo me deja percibir la mitad del mundo.  La mitad buena cuando uno mira de cerca, y su mitad más fea cuando mira a lo lejos.

¿No usamos gafas para corregir nuestra visión?  ¿Por qué no tratamos de aplicar la misma corrección también a nuestra mirada interior?

Nos queda un mundo por descubrir.  Ese mundo que miramos y no vemos…  Pese a estar ahí.

Un mundo que, al ser ignorado, se convierte en el germen de futuros conflictos que todos sufriremos.

 

*La fotografía que encabeza este post es de Vincent Desjardins

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