Dicen quienes saben de esto que podemos encontrarnos a Dios en cualquier rincón, que podemos toparnos con él en cualquier esquina, pero que sólo seremos capaces de reconocerle si nos conocemos a nosotros mismos.  Porque, en realidad, ese encuentro se produce en lo más profundo de nuestro corazón y -si no somos capaces de acceder a él- pasaremos junto a la Divinidad sin percibirla ni dejarnos tocar por ella.

La experiencia del encuentro con Dios coincide, siempre, con el desvelamiento de nuestra más íntima identidad.  Al verle nos vemos, al reconocerle nos reconocemos, al dirigirnos a Él nos sentimos llamados por nuestro nombre más auténtico, por el que mejor nos define, por el que da sentido a nuestra existencia.

Porque si eres un peregrino del Absoluto, un buscador de Dios, debes tenerlo claro: ese encuentro nunca es gratuito, siempre lleva aparejada la misión, el descubrimiento del porqué y el para qué de nuestra presencia en este mundo como palabra de Dios, como sus manos en una tierra todavía informe que necesita ser modelada para mostrar la belleza que -sin saberlo- contiene en su interior.

Sabiendo esto, ¿sigues dispuesto a seguir buscando?

Share This