Estoy de dieta.  Me sobraban un montón de kilos y llevo unos meses alejado de todo aquello que engorda.  Cuando me canso del agua, tomo alguna bebida light.  Sabor aceptable, cero calorías.  Y así llevo perdidos casi 20 kilos.

No sé si será fruto de mi tendencia natural a buscar paralelismos, o si es más bien el resultado de la mala leche que va gestando uno tras meses de renuncias y contención, pero hoy me ha venido a la mente una idea curiosa: del mismo modo que existen comidas y bebidas que -bajo la denominación light- tienen apariencia de alimento pero no alimentan nada, también existen conversaciones light, repletas de palabras huecas que nada dicen y nada bueno nos aportan.

El silencio es sano: nos tranquiliza, nos abre a la percepción y a la consciencia, nos permite gestarnos a nosotros mismos y posibilita que nuestro decir y hacer merezcan la pena.  Así que sólo tiene sentido romper ese silencio (que no es el mutismo de quien nada tiene que decir sino la condición de posibilidad de la palabra valiosa) cuando lo que vamos a decir aporta más que el silencio.  Así que necesitamos decir y escuchar palabras que nutran, que alimenten, que aporten algo, que nos hagan crecer.

Necesitamos palabras que, arraigadas en la Verdad, nos pongan en contacto con el Ser de las cosas y de la propia existencia, en lugar de entretenernos con espejismos y veleidades que, en lugar de ayudarnos a vivir, nos llevan a perder ese limitado tiempo que es mucho más que oro…  Porque es vida.

No provoquemos ni nos conformemos con conversaciones light: que cada palabra merezca ser pronunciada, que cada palabra necesite ser escuchada.

Y, cuando no tengamos nada importante que decir, mejor callemos y disfrutemos del silencio…  En él encontraremos la mejor de las Palabras.

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