¿Por qué no he escrito hasta ahora sobre el coronavirus?

Una lectora del blog me escribió anteayer preocupándose por mi salud ya que hacía tiempo que no escribía post alguno.  Estoy bien de salud, no os preocupéis.  Mi silencio se debe a que una época de muchísima carga de trabajo y formación se ha solapado con la llegada de esta plaga -el coronavirus- que parece que se lo lleva todo -y a todos- por delante. 

Aunque mi familia lleva en casa desde el primer día en que se decretó el estado de alarma, yo no he podido recluirme hasta este fin de semana, porque había que tratar de minimizar los daños para la empresa y para todas las familias que dependen de ella.  He necesitado estar en la oficina noche y día para tratar que el COVID-19 no acabe con todos nosotros, con nuestro medio de subsistencia y de desarrollo profesional.

Ahora seguiré teletrabajando desde mi hogar, con un nuevo despacho improvisado y nuevos horarios, en circunstancias distintas pero con una misma preocupación: que todo esto termine lo antes posible y podamos recuperar nuestra vida.

Pero nuestra vida ya no será la misma que antes, no puede serlo, no debe serlo.  Porque el coronavirus y sus terribles consecuencias están actuando como un gong que despierta a quienes están dispuestos a escucharlo, y a descubrir que estaban dormidos, que vivían un sueño, en una frágil burbuja, en maya, en una falsa apariencia que este virus ha puesto al descubierto.

 

Me gustaría que compartiéramos algunas reflexiones que, al menos a mí, me han ido resonando en estos últimos y ajetreados días.  Unas reflexiones que ahora que tengo algo más de tiempo puedo y quiero plasmar por escrito para compartirlas contigo, con la esperanza de que también tú las enriquezcas con tus propias aportaciones.

El coronavirus y nuestra fragilidad

Nuestra bienestante civilización occidental se ha caracterizado, en los últimos años, por una sensación de seguridad, de superioridad, incluso de orgullo ante sus capacidades y éxitos.  Nuestra clase media y alta no ha tenido que preocuparse especialmente por el mañana, un mañana que se daba por supuesto.  Estábamos encantados de nosotros mismos pese a todas nuestras miserias y carencias, que ocultábamos -también a nosotros mismos- como tratamos de ocultar a los pobres en las grandes ciudades o a los moribundos en los hospitales…  Para que no perturben nuestra plácida existencia.

Pero llega el COVID-19 y, de la noche a la mañana, todo se desmorona: nuestra seguridad económica de desvanece como en un juego de manos; la salud que cultivábamos con mucho deporte y una alimentación saludable sufre un riesgo inminente; esa muerte a la que ignorábamos con la esperanza de que no se presentara, ha decidido hacernos una visita y manifestarse con una crudeza inédita para nuestra generación; esos seres queridos a quienes pensábamos que tendríamos para siempre enferman y mueren solos, sin que podamos acompañarles ni despedirnos de ellos; ese ‘hago lo que me apetece porque en eso consiste ser libre’ se ha transformado en un ‘quédate en casa porque la seguridad de todos está por encima de tus apetencias’; y todos esos planes de futuro que habíamos ido construyendo con esfuerzo y perseverancia, han manifestado ser como el cuento de la lechera, castillos de naipes que se vienen abajo en cuanto un virus diminuto pone de manifiesto nuestra olvidada fragilidad.

 

 

El coronavirus y la unidad: nadie se salva solo

Porque somos frágiles, ahora lo sabemos.  Somos dependientes, todos los somos.  Dependemos de nuestro esfuerzo, es cierto, pero con él no basta.  Dependemos también de los demás, de su colaboración y responsabilidad, de su supervivencia y ayuda, de su apoyo y humanidad.  Dependemos también de nuestras empresas, y de nuestras asociaciones, y de nuestras comunidades religiosas o espirituales, y de nuestros Dioses, y de la Vida, y de nuestra consciencia.

Nadie se salva solo, decía el Papa Francisco en la homilía que acompañó a su bendición Urbi et Orbi del viernes… ¡Qué razón tiene!  Nadie se salva solo porque nadie es autosuficiente, porque el egoísmo puede ser una opción en tiempos de prosperidad pero no lleva a ninguna parte en tiempos de necesidad.  El maldito coronavirus nos está enfrentando a nuestra fragilidad y nos hace tomar consciencia de que unidos somos más fuertes, de que los lazos de amor y ayuda son el único salvavidas posible en un mundo que parece hundirse rápida e implacablemente.

La duda que no deja de resonar en mi cabeza es: ¿aprenderemos esta lección o la olvidaremos -como solemos hacer- en cuanto todo pase?

El COVID-19, el confinamiento, la soledad y las relaciones personales

#Yomequedoencasa por responsabilidad

Esta crisis nos ha llevado a confinarnos en casa para no convertirnos en parte del problema.  Tengámoslo claro, no nos quedamos en casa sólo por no contagiarnos…  Eso sería egoísmo puro y duro.  No, nos quedamos en casa por no contagiarnos, y para no contagiar a los demás. 

Porque puede que nosotros seamos jóvenes y estemos sanos, puede que seamos capaces de enfrentarnos al coronavirus y superarlo.  Pero también es posible que nuestros padres, nuestros suegros, nuestro compañero de trabajo o el tendero de la tienda de alimentación no sean tan fuertes como nosotros y que nuestra visita los condene a una muerte que podríamos haber evitado quedándonos en casa.

Porque, todos lo hemos oído, los hospitales se encuentran colapsados, faltan medios de protección, de tratamiento y humanos.  Lo que ayer era una afección tratable, hoy se te puede llevar por delante porque no puedan tratarte adecuadamente.  Así que hay que tratar de parar esa espiral creciente de contagios para que el personal sanitario pueda hacer su trabajo y trate de salvar a todos los enfermos que acuden a los hospitales…  Y no sólo a los que tienen más posibilidades de sobrevivir porque no tienen espacio para todos.  Insisto, quedándonos en casa, evitando un contagio, estamos salvando vidas.

Si le quieres, no vayas a verle…  Pero que no sufra la soledad

Hasta hace unos días, querer a alguien implicaba ir a verle y pasar tiempo con él.  Ahora mismo, si quieres a alguien (y especialmente si el mayor o tiene patologías previas) lo mejor que puedes hacer es mantener las distancias físicas y lograr que te sienta cerca por otros medios: llamadas, whatsapps, videoconferencias, e-mails…

Las nuevas tecnologías -ésas mismas que, es cierto, causan muchos dolores de cabeza a nuestra sociedad- son ahora mismo un eficaz medio de comunicación, ayuda y apoyo -especialmente- para quienes están más solos.  Llamémosles, pasemos tiempo con ellos a pesar de la distancia.  ¿Imaginas lo duro que debe resultar vivir esta situación de incertidumbre y preocupación en soledad?  No añadamos a todos los sufrimientos de estos tiempos el daño añadido que acompaña a la soledad.

Confinados en familia

Porque, para quienes estamos confinados en casa con la familia, la situación es distinta y los problemas son otros.  Estos días pueden ayudar a conocernos mejor porque vamos a convivir -sí o sí- todo el día, en un espacio más o menos reducido, y nuestras virtudes y defectos se van a hacer más visibles que nunca…  Porque el encierro es duro para todos y agudiza nuestros rasgos de carácter.  Por eso me decía ayer mi esposa, medio en serio y medio en broma, que no sabía si del estado de confinamiento iban a surgir más embarazos o divorcios.  Vete tú a saber…  Sólo espero que no fuera una indirecta. 😉

 

 

Ya que hay que estar encerrado, es un buen momento para dedicar tiempo a conocernos mejor a nosotros mismos y a los demás.  No nos aislemos en nuestra habitación, o con nuestros móviles.  Hablemos, charlemos, conversemos, preguntemos a nuestros seres queridos cómo se sienten, qué les preocupa, qué miedos y esperanzas tienen.  Sólo así podremos enriquecernos mutuamente y ayudarnos, también en nuestros hogares, porque nadie se salva solo…

El coronavirus y el tiempo: consciencia o entretenimiento

¿Cómo empleamos el tiempo que ahora tenemos?

Esta crisis que nos ha encerrado en casa nos ha priva de muchas cosas pero nos regala toneladas de tiempo.  El problema radica en cómo lo empleamos.  Porque, aunque todos agradecemos la existencia de internet, de las plataformas de entretenimiento y de las iniciativas de tantos artistas y educadores que nos regalan su arte y conocimientos para que no enloquezcamos encerrados en casa como si en jaulas con ventanas nos encontráramos, me preocupa que quememos ese tiempo en meras distracciones que no nos permitan tomar auténtica consciencia de lo que está ocurriendo y de cómo queremos enfrentarlo.

 

 

Porque vivimos unos acontecimientos que se estudiarán en los libros de historia y que, a día de hoy, no sabemos las consecuencias personales, sociales y económicas que tendrán a medio y largo plazo.  No lo sabemos porque no somos adivinos y porque ese futuro depende, en parte, de lo que nosotros decidamos hacer…  O de lo que otros decidan por nosotros hacer.  Por ese motivo me preocupa que el confinamiento se convierta en una sucesión ininterrumpida de distracciones que nos alienen de lo que sucede y de nuestra responsabilidad con lo que está por venir.

 

Somos cuerpo, mente y Espíritu

Mi propuesta es que utilicemos el tiempo del que disponemos con cabeza, y de forma equilibrada.  Somos cuerpo, mente y Espíritu y -por eso mismo- debemos dedicar un tiempo cada día al cuidado de cada uno de los tres elementos que nos conforman.

Cuidar del cuerpo: ejercicio y alimentación

No soy yo el más adecuado para tratar de esta materia porque, en mi día a día, no hago nada de ejercicio…  Entre otras cosas porque no encuentro tiempo para hacerlo.  Pero ahora sí que dispongo de él, y ya me he puesto manos a la obra.  Porque si siempre es importante mantenerse en forma, todavía lo es más cuando estás sujeto a una situación de confinamiento en un espacio reducido y de un alto nivel de estrés derivado de la preocupación por la salud, el trabajo y el futuro…  Propios y de nuestros seres queridos.

Así que te animo a dedicar cada día un tiempo a mantenerte en forma haciendo un poco de ejercicio en casa, y a vigilar qué comes.  Porque, como tratemos de quitarnos la ansiedad comiendo porquerías, cuando termine el estado de alarma no podremos salir a la calle porque no cabremos por la puerta.

Es importante recordar que el cuerpo es el vehículo de nuestra mente y de nuestro Espíritu, y que existe una interrelación entre el funcionamiento de todos ellos.  Del mismo modo que lo mental y espiritual afecta a lo físico, la decadencia física tiene sus efectos psíquicos y espirituales.

 

Cuidar la mente: la cultura

 

Decía antes que el confinamiento nos ha dotado de tiempo, es el principal regalo que nos ha hecho.  Y cada uno debe utilizarlo de acuerdo con sus prioridades.  Entre las mías se encuentra el mantener mi mente activa y en contacto con lo más excelso de nuestra humanidad.  Por ese motivo, ya he recuperado de mi biblioteca algunas maravillas de Platón, Shakespeare, Tagore y otros tantos que no sólo me hacen pensar, sino que me permiten hacerlo desde la belleza.

Así mismo, también yo me he aprovechado de los enlaces a museos, a documentales, a conciertos y a libros que me están llegando por mil canales distintos (especialmente por whatsapp) en estos últimos días.  Pueden ser interesantísimos instrumentos de cultura, personal y familiar, si se usan con cabeza.

Es bueno compartir la cultura con los tuyos porque cada uno la percibe desde un punto de vista distinto y te enriquece con su perspectiva.  Lee en familia, ved juntos algún documental o museo, comentadlo…  Ya verás qué gozada.

Cuidar el Espíritu: consciencia, espiritualidad y religión

Ante un mundo que se desmorona, yo necesito replegarme hacia adentro para encontrarme ahí con Aquello o Aquél que me trasciende, con la experiencia de la Realidad que va mucho más allá de la inmediatez, que me conecta con mi Esencia y me ayuda, no sólo a superar las dificultades y preocupaciones actuales, sino a colocarlas en la perspectiva más amplia de la Vida.  Necesitamos dedicar tiempo a la lectura espiritual, a la meditación, a la oración, a la reflexión…  Vivimos momentos cruciales de los que debemos ser protagonistas, y no meros espectadores…  Y para eso es preciso situarse en nuestro Centro y, desde ahí, manifestarnos y actuar.

 

 

Si eres creyente, no es preciso que te diga que es tiempo de rezar.  La fragilidad suele conectarnos con la consciencia de que nuestras fuerzas no son suficientes y que, si hay algo o alguien más allá, no está de más abrirse a su voluntad, apoyo y ayuda.  Rezar por nosotros y por todos los que nos rodean, por sus sufrimientos, pérdidas y problemas, por su salud y por su trabajo, por su capacidad para mantener la esperanza en medio del caos y la pandemia.

También es tiempo de meditar y contemplar, de sumergirnos en lo que está sucediendo, no desde nuestro ego sino desde la apertura más absoluta a la realidad, desde el corazón de Dios.  ¿Qué tiene que decirnos a ti y a mí, ahora, lo que está sucediendo?  ¿Qué debemos aprender?  ¿Qué nos pide?  ¿Qué debemos cambiar?

Y, seas o no creyente, no pases por alto el poder terapéutico de la meditación en estos momentos.  No importa el tipo de meditación que practiques, que sea más o menos elaborada.  El simple hecho de dedicar 20 minutos diarios a atender a tu respiración o a las sensaciones de tu cuerpo, aunque lo hagas sentado en una silla con la espalda recta y no en la posición de loto, ya verás como te hace pasar el resto del día de un modo distinto, más profundo, más tranquilo, más consciente.

 

 

Así que, aunque puedas pasarte el día disfrutando de museos online, de espectáculos de magia o cine, de maratones de series en Netflix o de cursos onine sobre mil temas relacionados con el trabajo o con tus aficiones, haz el favor de dedicar al menos media hora al día a mirar hacia tu interior, a escucharte, a descubrir tus mociones interiores, a discernir, a organizar y a actuar.  Sin esto, todo lo demás se desmoronará.

El COVID-19 y el trabajo

Uno de los temas que a todos nos preocupa en estos momentos -y que, por eso mismo, debe formar parte de nuestras meditaciones, oraciones y reflexiones- es el trabajo.  A muchos nos preocupa, en primer lugar, en cuanto fuente de supervivencia.  Con la mayoría de establecimientos cerrados y todos confinados en casa, las ciudades se transforman en recintos fantasma en los que no hay ni gente ni empleo a la vista.  Y eso preocupa porque, por muy espirituales que podamos ser, no se vive del aire.

 

 

Las empresas, para tratar de proteger su viabilidad y el futuro de todas las familias que dependen de ellas, se han lanzado ha promover ERTES con la confianza de que esta medida temporal las ayude a capear el temporal.  Confiemos en que éste amaine pronto y así sea porque, de lo contrario, la situación en la que nos encontraremos a nivel tanto personal como social resultará absolutamente indescriptible.

Mientras, quienes pueden teletrabajan y -aunque es preciso adaptarse a la nueva situación- las empresas y los propios empleados van descubriendo que en muchos casos es posible hacerlo, que los resultados son satisfactorios y que -si lo tienes bien organizado- los tiempos rinden más porque dispones de menos distracciones.  Puede que el teletrabajo sea uno de los grandes beneficiados de esta crisis, y nosotros con él, porque siempre ha estado ahí pero no todos le hemos prestado la atención debida al reflexionar en torno a la conciliación y la satisfacción en el ámbito profesional.

 

 

Puede que tu empleo no te permita teletrabajar.  En ese caso, te recomiendo que aproveches para formarte.  Ahora mismo hay mil cursos gratuitos en internet que pueden ayudarte a crecer profesionalmente…  O a plantearte nuevos retos de cara a este futuro incierto que nos espera a la vuelta de la esquina.

Si tienes tu propia empresa o ejerces un cargo directivo, dedica cada día un tiempo a pensar qué vas a hacer al volver, cómo vas a afrontar la situación postcoronavirus tanto a nivel organizativo, como financiero, estratégico y de marketing.  Hoy disponemos de un tiempo del que mañana vamos a carecer.  Eso nos permite sosegarnos, pensar, planificar y organizar sin las prisas y urgencias que, hasta hace poco, constituían nuestro día a día.

No te pares, trabaja hoy para tener trabajo mañana.  Porque, si algo sabemos seguro, es que la cosa no va a estar fácil al volver.  Así que más nos vale llegar preparados.

El coronavirus y los colegios

Si eres padre, no voy a contarte nada que no sepas.  También a los colegios les ha pillado el COVID-19 con el pie cambiado y tratan de adaptarse como buenamente pueden, tanto en lo técnico como en lo pedagógico.

Algunos maestros no han entendido que no pueden limitarse a mantener los horarios de clases y deberes que tenían en el colegio a esta nueva situación porque el homeschooling (que, por cierto, no es nada fácil de realizar en España) se basa -como el teletrabajo- en otros criterios y distribuciones de tareas y tiempos…  Así que hay quien sigue con las clases ‘presenciales’ (ahora online) y las tareas para casa.   Eso supone que los alumnos cumplidores se pasen el día estudiando, encerrados en su habitación, sin tener trato con su familia más que para desayunar, comer y cenar.  Un desastre a nivel pedagógico y humano que todos confiamos en que se solucione pronto, como parece que se va haciendo.

Otros profesores ya se han ido adaptando y ofrecen contenidos y proyectos para que los alumnos los trabajen, reservándose unas horas al día para resolver sus dudas de forma individual o en grupo mediante chats o videoconferencias.

Habrá que ver cómo evoluciona el profesorado y si los alumnos se acostumbran a esta nueva forma de trabajar, manteniendo la responsabilidad y constancia durante todo el tiempo que dure el confinamiento, que nadie tiene claro cuánto será.

 

 

En el plano teórico, hay a quien le preocupa la socialización de los niños al no asistir presencialmente a las clases.  No dudo que puede afectar a los más pequeños, pero mi experiencia es que -quienes disponen de móvil u ordenador- están utilizando las plataformas de mensajería para mantenerse en contacto con sus compañeros y amigos, como mínimo, tanto como antes.  Y yo diría que incluso más.  Y, por lo que me cuentan, sus conversaciones son más serias y profundas de lo que eran hace unas semanas.

 

El coronavirus y la muerte: miedo y pérdida

 

Aunque es un tema que ya he apuntado al comienzo de este interminable post, creo que merece la pena volver sobre él antes de terminar.  Esta crisis nos ha hecho a todos conscientes de que tanto nosotros como nuestros seres queridos podemos morir en cualquier momento.  Y eso nos causa pavor porque no hemos interiorizado qué supone la muerte para nosotros.  Hasta ahora la hemos ocultado para no tener que pensar en ella, pero ahora se está haciendo presente miremos a donde miremos y no tenemos más remedio que sostenerle la mirada.

¿Te da miedo la muerte?  ¿Te da miedo morir o el dolor que piensas que puede acompañar a ese tránsito?  ¿Te preocupa morir por como has vivido?  ¿Te inquieta morir por si hay un más allá?  ¿Te aterroriza morir por la situación en la que quedan tus seres queridos?  ¿Te duele morir porque no quieres separarte de tus padres, de tu esposa o de tus hijos?  Dedica un rato a pensar sobre la muerte.  No es tiempo perdido: pensar la muerte ayuda a entender mejor la vida, y a afrontarla de otro modo.

Imagino que tú, como yo, ya tienes a conocidos, familiares o amigos que están contagiados de COVID-19, que están ingresados o que han perdido la vida por culpa de este dichoso virus.  Al ritmo que se propaga, todos tendremos muy pronto a gente muy cercana golpeada por esta plaga…  Si es que no nos ataca a nosotros mismos.

Además, su golpe resulta especialmente doloroso porque el moribundo no puede estar acompañado por los suyos…  Ni sus familiares pueden despedirse de quien se va.  Las consecuencias psicológicas de estas fracturas las acarrearemos durante mucho tiempo y puede que no acabemos de cicatrizarlas nunca.

Por este motivo es importante decirnos hoy, unos a los otros, lo que sentimos, lo que nos queremos, lo que perdonamos…  Porque tal vez no podamos decirlo mañana y ese silencio nos dolerá para siempre.

¿Es bueno pasarse el día consumiendo información sobre la pandemia de COVID-19?

No soy un experto en la materia, por lo que mi respuesta se basa -única y exclusivamente- en lo que estoy viviendo yo y en lo que he podido ver en mi entorno más cercano: consumir durante todo el día información sobre la pandemia no sólo no aporta nada bueno sino que baja el estado anímico, genera ansiedad y preocupaciones adicionales y, en muchos casos, hasta deprime.

Yo he optado por leer las noticias por internet a primera hora de la mañana, al mediodía y por la noche.  Es el modo que tengo de estar informado sin caer en la paranoia ni la alienación de consumir noticias (malísimas y preocupantes, además) como el que consume una maratón de series.  Haciéndolo así tengo la información necesaria para poder pensar, programar, meditar y reflexionar pero no la intoxicación anímica de quien se pasa el día escuchando hablar de muertes, enfermos, caos administrativo, colapso hospitalario y luchas políticas y propagandísticas que producen arcadas.

Es mi opción, una como tantas otras.  Pero a mí me funciona, y por eso la comparto contigo.

Un homenaje a los héroes y ángeles de estos días

 

Terminaré este post, como no puede ser de otro modo, haciendo un homenaje a todos aquellos que -en estas difíciles circunstancias- lo están dando todo por los demás, dejando aflorar lo mejor de nuestra humanidad: personal médico, de enfermería, voluntarios, camilleros, limpiadores…  Y tantas personas anónimas que ponen en riesgo su salud y su vida ofreciendo su ayuda a quienes ahora más necesitados están de socorro.

Qué sorpresa más agradable es descubrir que un vecino con el que nadie tenía trato se ha ofrecido desinteresadamente a hacerle la compra a las personas mayores que hay en la comunidad, o enterarte de que un amigo al que tenías por un tanto raro y antisocial lleva más de una semana como voluntario llevando materiales y medicinas a los domicilios de personas enfermas que no pueden salir de casa.

Todos vosotros, con la grandeza que demostráis, nos hacéis tomar consciencia de lo mucho que tenemos que mejorar y nos inspiráis para que, cada uno a su modo, tratemos de seguir vuestro ejemplo y nos abramos amorosamente a los demás como lo estáis haciendo vosotros desde el primer día.  Ojalá cunda vuestro ejemplo y demos a luz una sociedad más humana en la que cada uno sea un amigo y no un lobo para los demás. 

Porque, lo repito una vez más: ni vivimos solos, ni nos salvamos solos…  Ni del coronavirus, ni de ninguna otra cosa.

 

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