Todos erramos.  La equivocación es un ingrediente siempre presente en nuestras vidas.  En la propia y en la ajena.

Así que, o rectificamos, o seguiremos errando.

En ocasiones, nos daremos cuenta de nuestro error, y nos corregiremos a nosotros mismos.

En otros casos, pasaremos por alto nuestro desatino y necesitaremos que sea otra persona quien nos muestre lo que nos ha pasado inadvertido.

Porque todos erramos, todos necesitamos corrección.

Y aquí viene la idea fuerza del post de hoy:  no importa si nos corregimos a nosotros mismos, si somos corregidos por otra persona o si somos nosotros quienes corregimos a otro para evitar que repita su error…  Corregir no es reprochar.

Corregimos mostrando -o mostrándonos- dónde está nuestro error, pero lo hacemos desde el cariño, intentando ayudar para que no sigas cayendo, sin juzgar, sin valorar intenciones, sin repartir culpas…  Sin reproches.

Si reprochas, ya no corriges por amor, lo haces por resentimiento.  Ya no lo haces por el otro, lo haces por ti…

Y eso, tal vez, sí que podrías reprochártelo…  Aunque, mejor, simplemente lo corriges…  Y en paz.

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