Llevo unos días en silencio, sin escribir en el blog.  No es por dejadez ni desinterés.  Este silencio es fruto de unas jornadas marathonianas de trabajo en las que no queda espacio para la reflexión y la escritura sosegada ni tan siquiera antes del amanecer.

A las cuatro de la mañana, con un buen café, no más de diez minutos de meditación…  Y ya estoy en marcha…  Y así, sin parar, hasta acostarme sobre las once de la noche.  Así es mi jornada durante las primeras semanas del año.  Son intensas y me complican la escritura, me rompen la rutina, me acumulan otras tareas, me alejan de vosotros, de mi familia, de otros proyectos…  Me cansan.  Pero son necesarias y, además, me ponen en relación con personas a las que puede que no vea durante el resto del año.  Semanas de locos, pero semanas productivas…  Y que un buen día se acaban.

No podría mantener siempre este ritmo, pero el hacerlo durante unas semanas es una buena enseñanza: aprendes a mantener un esfuerzo continuado, a seguir poniendo buena cara, a reorganizarte las tareas, a asumir que tu organización diaria salte por los aires a causa de mil imprevistos…  Y que no pase nada.

Me sabe mal no encontrar el momento para escribir, pero considero que mi silencio también habla.  Habla de asumir las cosas como vienen, de hacer lo necesario, de renunciar a lo que haga falta, de recordar que todo pasa.

Y esto también pasará, y volverá la calma…  Pero el trabajo estará terminado…  Y mi alma, satisfecha y sosegada.

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