Todos tenemos momentos, en nuestra vida, en los que nos encontramos más o menos a gusto con nosotros mismos.  Cuando nos gustamos, buscamos nuestra imagen en los espejos, en las cristaleras, en las fotografías, en los selfies…  Cosa que no hacemos en nuestros peores momentos.

Imagino que habrás tenido esta experiencia y que serás, más o menos, consciente de ella.

Ahora bien, ¿qué me dirías si afirmo que esa misma tendencia se produce también a nivel interno, psíquico o espiritual, al relacionarnos con los demás?  ¿Eres igual de consciente de la reacción negativa que te produce reconocer tus defectos más evidentes en alguien que te rodea?

Está claro que los defectos o faltas de virtud del prójimo resultan molestos, pero seguro que te viene a la mente alguna persona con quien tu reacción de desagrado es especialmente desproporcionada.  Pregúntate qué es lo que te irrita tanto…  Y confiésate si ese especial desagrado no surge de que el defecto que encarna sabes que es también el tuyo y, al recordarte tu imperfección, se convierte en un espejo de tu propia fealdad que no te apetece tolerar.

Cuando descubras que nace en ti una especial irritación hacia alguien, pregúntate el porqué de ésta y busca qué es lo que te está diciendo de ti mismo que tanto te molesta…  Y, en lugar de enfadarte con esa persona y pagarlo con ella, dale las gracias por haber sido el instrumento que te ha puesto de manifiesto una de tus limitaciones y -por eso mismo- te ha puesto en camino de mejora y de desarrollo de todo tu potencial.

No te enfades con el espejo, agradece que te muestre tus defectos para poder solucionarlos.

No es fácil hacerlo, pero es de justicia.

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