Puede parecerte extraña la pregunta que da título al post de hoy, pero tiene su importancia.

De acuerdo con el estudio realizado por el prestigioso profesor de Harvard, Paul L. Harris, los niños pequeños -de entre dos y cinco años- realizan más de 30 preguntas al día.  Al tratarse de una media, está claro que unos serán más preguntones y otros menos, pero quienes somos padres -o profesores- sabemos que esa cifra puede que se quede muy corta.

¿Por qué preguntan tanto?  Porque todo es nuevo para ellos, todo les sorprende, todo les llama la atención, todo despierta su curiosidad…  Y ésta estimula su aprendizaje que, en esa etapa de su vida, hace de ellos auténticas esponjas que todo lo absorben.

Por desgracia, ni los padres ni los profesores somos siempre capaces de responder a todas esas preguntas como merecerían nuestros hijos.  Demasiado a menudo contestamos con vaguedades, con chascarrillos o con comentarios que no sólo no satisfacen a los niños sino que les hacen sentir que el preguntar es cosa de bobos.

Quienes hemos sido tímidos e inseguros, sabemos lo mucho que nos costaba levantar la mano en clase para tratar de aclarar nuestras dudas.  Equivocadamente, creíamos que todo el resto entendía la explicación y que por eso no preguntaba, cuando lo cierto era que había muchos que no alzaban la mano por lo mismo que nosotros, y otros tantos que ni tan siquiera se daban cuenta de su ignorancia.  Preguntar no es cosa de tontos, sólo el inteligente percibe que hay ante él algo que no comprende y que merece ser aprendido.

Con nuestra falta de tacto, de respuestas y de visión, los adultos -y un sistema educativo del que ya hablaremos en otro momento- vamos haciendo que los pequeños dejen de preguntar y de interesarse por lo que les rodea, aceptando lo que se les explica sin cuestionarlo y sin ir más allá para no salirse de lo establecido, aprendiendo y vomitando las lecciones antes de olvidarlas, asumiendo las enseñanzas de los mayores como norma que castra su curiosidad y creatividad.

¿Cómo vamos a conseguir así un mañana mejor?  Las preguntas son incómodas, lo sé, pero imprescindibles para obtener mejores respuestas a las preguntas de siempre y a las propias de los tiempos en los que nos ha tocado vivir.

Sí, las preguntas son incómodas.  Incómodas para el que las hace y para el que las responde.  Para el primero, porque nos enfrentan a nuestras limitaciones e implican reconocer nuestra ignorancia.  Para el segundo, porque demasiado a menudo nos obligan a aceptar que mucho de lo que creemos saber no podemos justificarlo porque lo hemos aceptado acríticamente…  Obligándonos a repensarlo -o pensarlo por primera vez- para poder dar la respuesta que se nos solicita.

Las preguntas nos incomodan porque ponen de manifiesto nuestras falsas seguridades y nos obligan a buscar la respuesta que descubrimos que no tenemos.  Las preguntas nos hacen avanzar, nos mueven, nos transforman, nos educan, nos ennoblecen y son manifestación de nuestra más profunda inteligencia y de la confianza en nuestra capacidad de conocer.  Las preguntas muestran nuestra conciencia de ignorancia, no nuestra estupidez.  Estúpido es el que no pregunta lo que desconoce…  Sabio es el que es capaz de saber que no sabe nada y trata de paliar esa carencia preguntando a quien cree que puede saber.

Dicho todo esto, vuelvo a la pregunta inicial: ¿cuántas preguntas hacemos -tú y yo- al día?  Seguro que menos de las que deberíamos.

Nos queda tanto por descubrir…  ¡Y tanto por preguntar!

¿Empezamos hoy?

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