Si eres padre (o madre), mucho cuidado con lo que le dices a tus hijos…  Y si no lo eres, mucho cuidado con lo que te dijeron a ti de niño.  Porque en nuestra más tierna infancia asumimos acríticamente como cierto lo que nos dicen los adultos -especialmente aquellos a los que admiramos, como los padres o profesores-, y nuestra falta de experiencia nos lleva a interiorizar frases inciertas que nunca deberíamos haber pronunciado o escuchado.

‘Eres un negado para las matemáticas’,’eres un torpe’, ‘eres incapaz de estarte quieto’, ‘eres desordenado’…  Son frases que no debería dirigir ningún adulto a un niño, porque tienen un efecto mágico sobre él, lo transforman en lo que dices, activan el efecto Pigmalión y actúan como una maldición que le acompañará toda la vida. 

¿Por qué?  Porque de niños tenemos fe en nuestros mayores, pensamos que entienden el mundo mejor que nosotros, y lo que dicen no es discutido por nuestra mente ni por nuestro corazón.  Al contrario, tratamos de reafirmarlo mediante nuestra propia experiencia: si nos dicen que somos unos negados para las matemáticas, nuestro cerebro se encargará de grabar en nuestra memoria todas esas ocasiones en las que hemos sido torpes al hacer un cálculo…  Y olvidará o pasará por alto todas las veces que hemos acertado.  Nuestra mente colabora a reforzar lo que creemos, vemos el mundo de acuerdo a nuestras convicciones.

Es algo parecido a lo que sucede cuando -de adultos- nos dicen que estamos embarazados (que empezamos a ver mujeres embarazadas por todas partes) o cuando nos estamos planteando comprar un modelo determinado de coche (momento a partir del cual empezamos a descubrirlo en todos los rincones)…  Nuestra atención se centra -se ocupa- de lo que nos preocupa.  De niños, nuestra atención se ocupa de reafirmar lo que nuestros mayores nos han dicho, incluso sobre nosotros mismos.

Por eso mismo, insisto, debemos ser especialmente cuidadosos con lo que les decimos a los niños: no son desordenados, tienen el cuarto desordenado; no son negados para las matemáticas, ése problema se les resiste…  Pero les ayudaremos a superarlo.  No son torpes, se han caído y tienen que levantarse para seguir jugando el partido tan bien como lo estaban haciendo hasta ese momento…  No son unos irresponsables, se han comportado -en esa ocasión- de una forma irresponsable que contrasta con cómo sabemos que pueden ser…

Las palabras no son inocentes, tienen muchísimo poder, son creadoras…  Y destructoras.  Tengámoslo muy presente al dirigirnos a nuestros hijos porque, según cómo les hablemos, podemos estar construyendo -o aniquilando- su futuro.  Es nuestra responsabilidad.

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