El post de hoy no trata sobre los flirteos de médicos y enfermeras, ni sobre sus amores y desamores.  El de hoy es un post de agradecimiento a esos médicos y enfermeras del Hospital de Mataró que no sólo le han salvado la vida a mi mujer sino que -con su excelente trabajo, profesionalidad y humanidad- han hecho mucho más llevaderos estos difíciles momentos.

Sí, he estado a punto de perder a mi mujer.  El pasado jueves la operaron de urgencia a causa de una hemorragia interna que le provocó un shock que amenazaba con llevársela por delante.  El equipo de urgencias del Hospital de Mataró actuó con la rapidez y profesionalidad necesarias para que el incidente quedara en un susto, en un susto que no olvidaremos, pero que nada tiene que ver con la pérdida que podría haber sido.

Puede que para el cirujano y su equipo sólo se tratara de una operación más, pero para mi familia estaba en juego nuestra felicidad y nuestro futuro.  En sus manos estaba que mi esposa viviera o muriera, que yo mantuviera o perdiera al amor de mi vida, que mis cinco hijos volvieran a ver o no a su madre, que mi cuñado pudiera abrazar de nuevo -o no- a su hermana…  Que mantuviéramos al pilar de nuestras vidas, o que éstas se desmoronaran al perder a uno de sus principales fundamentos.  Hicieron su trabajo más que bien, y y me alegro más que nadie de que así fuera.  Pocas profesiones hay tan vocacionales y gratificantes como la del cirujano que logra salvar a un paciente de una muerte prematura y evitable.  Pocos logros profesionales pueden producir mayor agradecimiento.

Pero no sólo estoy agradecido a los médicos que lograron salvar a mi mujer.  También al resto del equipo médico y a todas esas enfermeras que -más allá de la curación- con sus cuidados, sus atenciones, sus sonrisas y sus delicadas manos han logrado hacernos sentir especiales, mimados, amados.  Nunca, en ningún otro hospital, nos habíamos encontrado con mayor amabilidad y delicadeza.  Puedo decir sin mentir que todas las enfermeras de todos los turnos han sido una auténtica delicia, personas que han ido más allá de la corrección y de la profesionalidad, incluso de la amabilidad, para entrar en el terreno del cariño y del cuidado exquisito.  ¡No he atendido yo mejor a mi esposa que ellas!

Nunca habíamos visto nada igual.  Paradójicamente, en los peores momentos de mi vida, cuando creía iba a perder a mi esposa para siempre, me he visto arropado por desconocidas a las que he sentido como amigas, como aliadas que no sólo comprendían lo que estábamos pasando sino que compartían esa inquietud con nosotros y ponían su particular granito de arena para hacernos el día a día más cómodo, agradable y esperanzado…  Blancos ángeles sin alas que nos han hecho llegar la caricia de Dios.

Así lo expresé, primero para mí, después para ellas y hoy para todos los lectores del blog, en el cuaderno de notas que siempre me acompaña:

En los pasillos de este hospital
se esconden blancos ángeles,
seres casi invisibles que
-a través de sus manos-
te hacen llegar la caricia de Dios.

Espíritus de alegría, paz y sosiego que
-en los momentos de dolor y preocupación-
con su sonrisa y sus cuidados
te hacen sentir mucho mejor.

Los médicos traerán la curación
pero -en los hospitales-
son las enfermeras las que te hacen llegar el amor,
el calor que va de corazón a corazón.

Gracias por vuestros cuidados,
gracias por vuestro cariño,
gracias por vuestra atención…

Blancos ángeles sin alas
que nos hacéis llegar
la caricia de Dios.

Decía mi madre que de bien nacido es ser agradecido.  Lo estoy, y mucho.  Y no tengo mejor modo de demostrarlo que así, dando a conocer a todos la joya que he encontrado oculta en cada una de vosotras.  Sois admirables y vuestra grandeza merece ser conocida y reconocida.

Un fuerte y agradecido abrazo de quien para siempre estará en deuda con todos vosotros por haber hecho posible el milagro y haber recuperado de las zarpas de la guadaña a esa mujer con la que comparto vida, sueños, ilusiones y -gracias a vosotros- presente y futuro.

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