Tú y yo, demasiadas veces, somos como las ovejas.

 

Sin darnos cuenta, seguimos a la multitud.

Hacemos lo que todos hacen.

Vivimos como todos viven.

Asumimos lo que todos asumen…

Y, como todos, nos equivocamos.

 

Porque no nos paramos a pensar, ni a experimentar.

Y, como seres inteligentes y libres que se supone que somos, deberíamos hacerlo.

 

¿A qué viene esta arenga?

En realidad, a una tontería.

A que el otro día leí un estudio que decía que eso de que para dormirse cuando uno tiene insomnio debe ponerse a contar ovejitas es una absoluta estupidez.

Que te terminas durmiendo por cansancio y aburrimiento, sin más.

Que lo que realmente ayuda a dormirse más rápido es imaginarse a uno mismo, tranquilamente, en un paisaje hermoso y relajante como el de una playa…

Contemplando y escuchando las olas ir y venir.

Sintiendo la brisa y el sol sobre nuestra piel.

 

Si esto es así, y hace tiempo que se sabe que es así, ¿por qué seguimos diciendo a los niños que cuenten ovejitas?

Porque nosotros somos las auténticas ovejas.

Porque nos conformamos.

Porque nos acomodamos.

En esto y en casi todo.

 

Y nos olvidamos de que, al hacerlo, es mucho lo que nos perdemos…

Y mucho lo que arriesgamos.

Porque en el mundo no hay solo ovejas.

También hay mucho cabrito.

Y nos ponemos a su merced.

 

Hoy no te voy a recomendar ninguno de mis libros en concreto.

Pero, por favor, lee.

No me importa si el libro es mío o de otro.

Pero dedica unos minutos a la lectura.

Fomenta el pensamiento y el espíritu crítico.

Ese que nos hace tanta falta.

 

¡Que pases un día fantabuloso!

Nos seguimos leyendo.

 

*Foto de Sam Carter en Unsplash

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