Sabemos que existe crisis.  Todos, en mayor o menor grado, la sufrimos…  En carnes propias o en la de nuestros seres más queridos. Pero, ¿nos hemos planteado en profundidad que es lo que nos ha llevado -a cada uno de nosotros- a esta situación?

Porque está claro que sin conocer la raíz de la enfermedad, no puede uno ponerle remedio.  Con suerte, podrá atenuar sus síntomas con algún calmante…  Pero no sanar al enfermo.

Parece que nuestros políticos -por incapacidad o falta de interés- no se atreven a diagnosticar el mal que nos aqueja, pero tratan de mantenernos con vida a base de régimenes y analgésicos.

¿Nadie va a atreverse a decir que nuestro sistema económico y de vida se ha colapsado porque contenía unas células cancerosas en su estructura original que se han ido desarrollando hasta llevarnos al estado terminal en que nos encontramos? ¿Habrá alguien capaz de recordar a quienes nos (des)gobiernan que no puede salvarse al enfermo si no se elimina hasta la última de esas células?

Intentan convencernos de que ésta es una crisis económica más. Profunda, sí, muy profunda, pero nada más.  No es cierto, estos son los últimos estertores de un mundo enfermo que, o cambia totalmente de vida o fallece, porque no hay calmante alguno capaz de mantener estables sus constantes vitales.

Esta no es una crisis económica.  La economía no se sostiene sobre sus propios pies, es un cuerpo de pensamiento derivado de una metafísica. El desastre económico que nos azota no es más que la consecuencia de una crisis mucho más profunda, de una crisis de valores y principios…  Por lo que, o se atiende y se trabaja sobre éstos, o no podremos salir de esta situación.  Porque, si la enfermedad es metafísica, la cura también debe serlo.

Hay que analizar qué valores son los que nos han traido al punto en el que estamos, y reflexionar sobre cuáles deben ser los que nos lleven a un futuro mejor.

Vivimos en una sociedad materialista que se ha creído que sólo existe lo que puede pesarse y medirse; una sociedad consumista, que ha asumido que la felicidad depende de que acumulemos y consumamos el máximo número posible de bienes materiales; una sociedad monetarizada, que sólo atiende a valores cuantitativos y no cualitativos, por lo que la economía ha sometido a la filosofía, la política, la ciencia y la ética; una sociedad opulenta, que propone un materialismo consumista sin principio limitativo alguno, que cree en el crecimiento ilimitado, olvidando que los bienes disponibles sí son finitos; una sociedad depredadora, que en su afán por poseer olvida que necesita del ecosistema y trata de explotarlo y dominarlo como si fuera materia prima, cuando en realidad es capital; una sociedad caprichosa, que cree que puede hacer todo aquello de lo que es capaz, en función de sus apetencias; una sociedad automatizada que, como considera que el trabajo es un castigo, intenta transferir el proceso productivo a las máquinas, eliminando así a las personas, sus necesidades y sus errores; una sociedad amante del gigantismo, que se pierde en las grandes estructuras, olvidando la dimensión humana; una sociedad inhumana, en la que el hombre es utilizado por el hombre como medio de ganancia económica, atrofiando las personalidades y corrompiendo las relaciones humanas…

No es raro que nos encontremos inmersos en una crisis, lo extraño es que haya tardado tanto en llegar: ¿realmente creíamos que podía sostenerse una sociedad que se mueve al son de los más bajos institos humanos como son el egoismo, la avaricia y la mezquindad? ¿Realmente se creyó alguien que la suma de intereses egoistas iban a conducir al bien común?  Eso no es tener un punto de vista erróneo, eso es ceguera metafísica y antropológica.

Pero la fiesta ha terminado, alguien ha encendido las luces y nos hemos asustado al ver los destrozos producidos por una larga noche de locura, despilfarros y desmedida.  Todavía tenemos algún noctámbulo que, presa aun del estupor y bajo los efectos del alcohol ingerido, trata de ocultar los cristales de las copas rotas bajo la alfombra…  Con la esperanza de que nadie los vea.  Otro, aun más original, propone volver a apagar las luces y seguir bebiendo…  Porque a él aun le queda una botella.

Pero son los que tienen la botella vacía los primeros en despejarse, en sentir las molestias y dolores propios de la resaca y en detectar la suciedad y destrozos que se han hecho en el salón de la casa.  Son los primeros en preguntarse si el camino que han tomado les conduce a donde realmente quieren ir.  Y son los primeros en asumir que ha llegado el momento de arremangarse, ponerse manos a la obra y hacer el esfuerzo de limpiar, reparar y ponerlo todo en su sitio.

El sufrimiento que está generando la crisis es, en este caso, el despertador que nos está haciendo abrir los ojos a la realidad.  Unos tardaremos más en despertar, otros saldrán antes de su sopor alcohólico, otros tratarán de seguir bebiendo…  Pero llegará el amanecer y no será posible sustraerse a la visión que su luz pondrá ante nuestros ojos.  Y, por si alguno no se ha enterado todavía, ya está amaneciendo.

Es la hora del cambio, de poner fin a la fiesta salvaje y buscar la felicidad en otro ambiente que sea asumible, posible y no cause destrozos.  No es fácil porque nuestra sociedad es como un drogadicto: aunque se encuentra fatal, le parece imposible dejar sus vicios.  Pero ha llegado el momento de cambiar de vida, de un cambio de paradigma.  Porque hay una cosa que está clara: la crisis no pasará si seguimos haciendo lo mismo…  Y seguirá produciendo más víctimas, y más sufrimiento.

Soy humanista y estoy convencido de que los cambios sociales nacen en el corazón de cada hombre, por lo que mis propuestas para salir de esta crisis no se articulan en complejos textos legislativos sino en simples principios de vida que cada uno de nosotros puede implementar en su vida y que, de llevarlos a cabo, terminarán sin duda produciendo cambios legislativos, culturales, sociales y económicos.

Estos principios son muchos (están dando para una tesis doctoral) y sería imposible tratar de explicarlos con detenimiento en un artículo de estas características.  Pero enumeraré algunos de ellos -simplificándolos hasta el extremo- para invitaros a una reflexión que, tal vez, os cambie la vida a mejor:

1. El hombre debe ser el centro de nuestras preocupaciones: antes las personas que las cosas.  Hay que conocer la naturaleza humana para poder tomar decisiones razonables que nos vayan a afectar.  Es imprescindible fomentar la educación, la cultura, el descubrimiento y cultivo de la propia humanidad…  Y no sólo la acumulación erudita de saberes «prácticos». ¿Hay algo más práctico que aprender el arte de vivir?  Hay que recuperar las ciencias humanísticas, hay que recuperar al ser humano.

2. Hay que desarrollar un sistema de vida que otorgue a las cosas materiales su lugar legítimo.  Las personas tienen unas pocas necesidades materiales, y muchas inmateriales.  El hombre es un ser de deseos inagotables, y sólo lo inmaterial es infinito y está al alcance de todos. Una vez cubiertas nuestras necesidades básicas, aprendamos a disfrutar de todas esas pequeñas cosas que nos harán tener un gran día: un paseo por el bosque, la contemplación de un amanecer, una buena lectura, una conversación interesante, un rato de escritura, el encuentro con un amigo, la caricia del ser amado, escuchar una dulce melodía, dejarse llevar por la danza que nace del interior, la sonrisa de un hijo, ayudar al que lo necesita, escuchar al que tiene algo que explicarnos…  Busquemos la riqueza interior.  El ser antes que el tener.

3. La riqueza tiene menos que ver con lo que se tiene que con lo que se necesita.  Controlando tus necesidades, fomentas tu riqueza.

4. En la naturaleza, todo crece hasta un cierto punto y después se estabiliza en su grado óptimo. No podemos pretender un crecimiento ilimitado en un entorno finito, porque dicha obsesión sólo conduce al desastre (mirad este ilustrativo vídeo: https://www.quimmunoz.com/2012/09/26/la-insensatez-del-crecimiento-ilimitado-video/ ).  Hay que mantener la escala humana porque, como recordaba E.F.Schumacher, «lo pequeño es hermoso».

5. Si nuestro objetivo es el bienestar, la vida buena, el criterio a seguir debe ser la búsqueda del máximo bienestar con el mínimo consumo.  Debemos limitar nuestro crecimiento para hacer posible el crecimiento de otros.  Como decía Gandhi, el planeta tiene recursos para saciar el hambre de todos, pero no para saciar la codicia de algunos.

6. El problema (es importante recordarlo en estos momentos) no es la viabilidad de los estados  o de las instituciones… Sino de las personas

7. Someterlo todo a cálculo económico (cuantificarlo) es la muestra palpable de que carecemos de valores, de otro criterio de valoración que atienda a lo cualitativo, y no sólo a lo cuantitativo.  Hay otros criterios de valoración que cada uno debe descubrir por sí mismo.

8. La riqueza excesiva tiende a corromper a uno mismo (codicia) y a los demás (envidia).  Posee las cosas, que no te posean ellas. El desarrollo de la virtud es la raíz de la sociedad virtuosa.

9. El trabajo no es un castigo, es una oportunidad: es la actividad que debe proporcionarnos un medio de subsistencia, debe perfeccionar nuestros talentos naturales y debe servir a los demás, mejorando la sociedad en la que vivimos.  Sin el trabajo, toda la vida se pudre.  Pero cuando el trabajo es anodino, la vida se asfixia y muere.  El objetivo empresarial no debe ser obtener la máxima rentabilidad, sino una buena rentabilidad ocupando y ayudando a realizarse al mayor número de personas posible.  Eso sí es responsabilidad social corporativa, y no hacer un par de donaciones al año.

10. El ser humano forma parte de la naturaleza, y ésta ofrece unos medios limitados. Hay que estudiar las leyes de la naturaleza y atender a ellas porque, o nos reconciliamos con la naturaleza o, en su enfermedad, también pereceremos nosotros.
Paro aquí.  Habría mucho más que comentar.  Pero no tengo más espacio ni tiempo.  Sirvan estos diez puntos como pinceladas, como bocetos de un nuevo modo de dibujar nuestra existencia, nuestra relación con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza y con las cosas.

Tengamos presente que las antiguas civilizaciones no cayeron por una falta de recursos materiales sino agotamiento espiritual, por perversión o abandono de sus principios metafísicos.  Fomentemos la reflexión y la vivencia de unos valores que presenten el mundo de un modo inteligible, acorde con las leyes naturales y con la esencia del ser humano.

Tal vez no podamos levantar el viento que nos conduzca a un mundo mejor, pero sí que podemos encargarnos de que nuestras velas estén bien izadas para aprovecharlo cuando sople.  Y ya se nota la brisa.  Como decía el gran Dylan: «the times are a changing»

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