Nuestro tiempo es limitado

Aunque nos disguste reconocerlo, todos sabemos -aunque no seamos realmente conscientes de ello- que nuestro tiempo es limitado.  Nuestra vida tiene limitaciones, y una de ellas -importante- es la de la escasez de tiempo.  Escasez porque no es eterno y escasez porque vivimos tan ocupados y alienados que apenas nos quedan instantes para nosotros mismos.

La importancia de dedicarnos un tiempo a nosotros mismos

Es importante dedicarnos un tiempo si queremos hacer algo con nuestra vida, si queremos vivirla tomando el timón de la misma en lugar de ser arrastrados por ella, siendo lanzados a la deriva.  Tiempo, ¿para qué?  Para conocernos y permitirnos ser nosotros mismos, tiempo de silencio gestante, tiempo de descubrimiento y planificación…  Y tiempo de puesta en marcha de nuestro proyecto vital.  Tiempo para reflexionar, para pensar, para meditar, para orar, para decidirse, para planificar y para empezar a caminar en la dirección que nos dicta nuestro corazón enamorado de lo mejor de nosotros mismos.

No todos los tiempos son iguales

Sin embargo, hay un detalle que no debemos pasar por alto: no todos los tiempos son iguales…  No es lo mismo una hora para mí que para ti, no es lo mismo una hora a las cinco de la mañana que a las doce de la noche.  A esta diferencia de ‘calidad temporal’ es a lo que me refería como ‘horario lúcido’ en el título de este post.

Si quieres aprovechar el tiempo de que dispones, si quieres que éste dé frutos en abundancia, es preciso que primero descubras qué ritmos tiene tu cuerpo, en qué momentos del día estás más despierto y creativo, en qué horarios logras más resultados con menos esfuerzo.  Cada uno tiene su propio horario de lucidez.  El mío, lo he dicho mil veces, empieza a las cuatro de la mañana…  A la que algunos denominan la hora del néctar, de la ambrosía.  En mi caso es así, para otros -una mayoría- es la hora del más profundo de los sueños.

Puede que tú seas una especie nocturna, una de esas personas que siempre ha estudiado por la noche porque le da mejores resultados.  Puede que te acuestes cuando yo me levanto. ¡Bravo por ti!  No hay una norma general para todos, cada uno debe experimentar en su propia piel cuál es su horario lúcido y adecuarse a él.  No ocupemos nuestros ‘momentos estelares’ en pérdidas de tiempo que nada nos aporten.  No consumamos nuestro horario lúcido tumbados en un sofá viendo series de Netflix o colgados de las redes sociales.

¿A qué dedicar nuestro ‘tiempo lúcido’?

¿Qué hacer durante ese tiempo lúcido?  Aquello que te haga sentir más tú, aquello que te haga sentir mejor después de hacerlo, aquello que te haga sentir satisfecho de ti mismo, aquello que brote de lo más profundo de tu ser, aquello que creas que puedes aportar a los demás mejor que nadie, aquello que -si no lo haces- quita interés a tu existencia y te seca el alma…  Aquello sin lo que la vida pierde alegría y sentido.

Para mí es meditar, leer, pensar, orar y escribir.  Puede que para ti sea pintar, tocar el piano, bordar, hacer poesía o aprender economía…  No importa.  Se trata de tu llamada, de tu vocación y ese horario lúcido es el momento adecuado para escucharla, para atenderla, para desarrollarla y para compartirla.  Porque todos los dones que se nos han dado son para ser desarrollados y compartidos de un modo eucarístico, convirtiéndonos en alimento divino para los demás, en una caricia de Dios, en iconos del Absoluto que se manifiesta a través de la expresión de nuestra más íntima y única naturaleza.

Si dedicas tu tiempo lúcido a tu pasión, descubrirás que ésta se transforma en alimento para tu alma…  Y para la de los demás.

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