Hoy he apostado por un título marketiniano, que llama la atención porque dice lo contrario de lo que nos han enseñado.  Pero es que, en ocasiones, lo aprendido requiere ser matizado para que sea cierto.  Y creo que éste es el caso.  Y un caso que, además, tiene mucha trascendencia para nuestra vida y para el discernimiento.

Me reafirmo: el Dios en el que creo NO lo puede todo porque es Amor.  Y un Dios que es Amor no puede dañarte, humillarte, anularte ni coaccionarte.

Ergo, si tu espiritualidad te anula, te humilla, te daña o te lleva a ceder a la coacción…  No es de Dios, al menos no es del Dios en el que creo.

Quien te ama te quiere libre, sano, alegre, feliz y fiel a ti mismo…  Y su Amor se manifiesta en ayudarte a que lo logres, a que seas la mejor imagen de ti mismo, a que te hagas más humano, sintiéndote pleno y deseando hacer rebosar ese Amor en los demás para que también ellos se sientan amados.

Cualquier otra cosa, no es un Dios Amor.  Y un Dios que no es Amor, al menos a mí, es miedo lo único que me da.  Un Dios que no ama, que no cuente conmigo.

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