No es raro asociar la imagen de Dios con la Luz, incluso con el fuego que ilumina y da calor.

La sombra, por su parte, suele vincularse a lo tenebroso o -si uno es aficionado a la psicología- a aquellas facetas de nuestra personalidad que consideramos inferiores y nos negamos a aceptar conscientemente como propias.

Una sencilla reflexión que debería hacernos pensar: cuanta más luz…  Más sombra genera cualquier cuerpo opaco.

Imaginemos que cada uno de nosotros es ese cuerpo opaco…  Y que la luz es Dios…  Y juguemos un poco con la física.

Si ponemos a Dios -a la luz- a nuestra espalda, constantemente tendremos ante nuestros ojos la sombra que produce nuestra opacidad y puede que nos aterre la negrura que generamos.

¿Posibles soluciones?  Se me ocurren cuatro, que representan cuatro grandes aproximaciones a la espiritualidad entre las que tendremos que escoger:

  1.  Vivir en la penumbra: a menor luz, menor sombra.  Pero claro, implica vivir con una cierta ceguera que impide disfrutar de la vida con todo su color y riqueza.
  2. Situar a Dios frente a nosotros: es la postura propia de muchas formas de religión.  Al tener constantemente la mirada vuelta hacia la Luz, nuestra sombra queda a nuestra espalda, fuera de nuestra vista…  Aunque visible para los demás.  No nos molesta a nosotros, pero puede oscurecer el camino de los demás… Impidiéndoles ver la luz.
  3. Trabajar nuestra transparencia: la sombra aparece cuando la luz se topa con la opacidad, con el ego.  El trabajo sobre nuestra propia transparencia reduce la fuerza de nuestra sombra porque permite que la luz se transmita, también, a través de nosotros para llegar a los demás.
  4. Descubrir que la Luz brota de nuestro interior: éste es el descubrimiento propio de las espiritualidad místicas y adualistas, que descubren que Dios no sólo está allí fuera sino que se encuentra -oh Divina Inmanencia- en lo más íntimo de nosotros mismos y, desde allí, lo ilumina todo.  La experiencia de ser Luz hace desaparecer la sombra propia y hace que veamos a los demás, siempre, en lo que tienen de más resplandeciente.

Lo sé, cuando parece que el tema de la espiritualidad y la religión es cosa del pasado, llego yo y te animo a replantearte la cuestión de nuevo…  Así es, lo has entendido bien.  Y lo hago porque a mí no me gusta vivir en un mundo de sombras, como un cautivo en la platónica caverna que vive a merced de lo que otros representan.

Puede que duela volver la mirada hacia el Fuego, y más aun hacerse transparente o descubrirse fuego que purifica…  Pero eso el Vivir, con mayúscula.  Ascender por la escala de los grados de ser que conduce de lo inhumano a lo Divino.

Ojalá esa chispa que arde en nuestro interior prenda en nosotros, nos vuelva llama e incendiemos el mundo para que cada uno descubra su propio fuego.

 

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