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Quiero pensar que tú, como yo, intentas hacer las cosas lo mejor que sabes.  Me gustaría pensar que tratas de ser una buena persona, que procuras echarle un cable a quien lo necesita…  Que miras de ser un hombre -o una mujer- para los demás.

E imagino que, como la vida es como es y no de otra manera, también tú habrás tenido grandes decepciones, terribles fracasos, dolorosas experiencias con personas que te han fallado.  Creo que es inevitable, forma parte del vivir…  Y, especialmente, del convivir.

Y, no sé tú, pero yo he tenido momentos en los que se me ha nublado la vista del alma.  Instantes en que he pensado: ¿para qué? ¿Es éste el resultado de tratar de hacer las cosas bien? ¿Con esta moneda me pagan?  Periodos en los que olvidas lo esencial -que el bien lo haces por sí mismo, y no porque esperes un premio, una respuesta o una recompensa- y te dejas enredar por sentimientos de frustración o por la constatación de la falta de agradecimiento -o justicia- de algunos a los que has dedicado parte de tu vida, esfuerzo y tiempo.

No pasa nada, no es tan grave, nos ha pasado a todos.  Si quieres salir de ese agujero, no centres tu atención en la mala experiencia del hoy, sino en la buena obra que realizaste ayer.  Su brillo y belleza te llenarán de luz y calor, te cargarán el alma y te permitirán experimentar que -independientemente de cómo te traten los demás- las buenas obras que realizaste ayer son el fértil abono de la felicidad del mañana.

No lo dudes.  Es así.  Sigue siendo para los demás, y en esa entrega encontrarás tu felicidad.  Gracias por existir, eres imprescindible…  Para alguien

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