Aunque desde fuera pueda pasarse por alto, si algo caracteriza el cristianismo actual es la pluralidad…  Hoy cada uno descubre una perspectiva del rostro de Cristo que puede enriquecer la de los demás, al modo de las mil máscaras de Dios (juego de palabras en torno a dos obras de Joseph Campbell, para los más frikis 😉 ).

Pero esta pluralidad no termina ahí, no está basada sólo en que prestemos más o menos atención a un aspecto u otro de Jesús de Nazareth.  Esa pluralidad se acentúa a medida que interpretamos su vida, sus palabras, sus obras y sus recomendaciones…  Y así aparecen tendencias que -bajo la etiqueta de ‘cristianismo’- entienden una misma cosa de dos modos absolutamente contradictorios…  Y, pese a todo, conviven.

No deja de chocarme cómo algunos interpretan el cristianismo como una religión del sufrimiento, del dolor, del castigo, de la renuncia y de la expiación (al modo de Anselmo de Canterbury) mientras que otros consideramos al cristianismo una religión de alegría, misericordia, amorosa entrega, vida y agradecimiento.  Lo digo abiertamente: no soy partidario del dolorismo sino de lo que el Papa Francisco denominó, en el título de su primera encíclica, Evangelii Gaudium, la alegría del evangelio (palabra que, por su parte, significa Buena Noticia).

No voy a extenderme aquí exponiendo y rebatiendo el dolorismo que se deriva de la teología de Anselmo de Canterbury porque ya lo hice en otro post. Hoy me basta con tratar de reflexionar juntos sobre una idea mucho más simple: el cristianismo -o, si lo prefieres, cualquier forma sana de espiritualidad- no es una religión de sufrimiento sino de alegría.  Donde hay sufrimiento es en la vida diaria, y la religión te ayuda a encontrar la alegría aun en medio del sufrimiento, transformándolo en instrumento de liberación y no de opresión, de divinización y no de inhumanidad, de pascua y no de muerte.

Nuestras imperfecciones son fuente de sufrimiento, propio y ajeno.  Es el precio de nuestro modo humano de ser.  Vivimos en medio del dolor.  Lo causamos y somos tocados por él.  Por el propio y por el ajeno…  Si miramos a los demás con amor y no con desprecio.

Si no vemos más allá del dolor, sufrimos y nada tiene sentido.  ¿Para qué vivir así?  ¿No sería mejor morir para dejar de sufrir?  Sin embargo, el cristianismo nos ofrece una alquimia del dolor por medio del amor y la esperanza.  Es la experiencia de la Pascua, de la resurrección.  Independientemente de que creamos en la historicidad de Jesús y los evangelios, y sin importar que le reconozcamos o no como hijo de Dios, la vida, muerte y resurrección de ese judío tan especial nos ofrecen un relato de alta carga mitológico-simbólica, que puede enriquecer nuestra existencia más allá de nuestras creencias.

¿Qué conduce a Jesús a una muerte de cruz?  Un modo muy concreto de ser y hacer…  Vivir con y por Amor, proponiendo una vida de entrega y no de apropiación egoísta…  Porque, a su modo de ver, sólo mediante ese vaciamiento es posible llenarse de alegría y felicidad.  Vivió como predicó, vivió para los demás y sufrió en su vida el peso y las heridas de todos nuestros pecados e imperfecciones.  Su amor incondicional chocó contra otras opciones vitales.  Padeció más pérdidas, traiciones, decepciones y dolores de los que -gracias a Dios- deberemos padecer la mayoría de nosotros y, pese a todo, ni se revolvió contra la imperfecta humanidad (‘perdónales, no saben lo que hacen’) ni, pese a sentirse desamparado (‘Señor, ¿por qué me has abandonado?’), perdió la esperanza.

Pareció que el mundo podía con Él, que el mal prevalecía sobre el bien, que la historia iba a tener un triste final.  Llegó la muerte.  Pero no todo terminó ahí…  Porque, tras ella, por sorpresa, se dio la resurrección, un nuevo nacimiento, de un modo nuevo y no siempre reconocible, que ofrece una nueva perspectiva y esperanza a la historia y a cada uno de nosotros…  La certeza de que el buen vivir, aunque pueda conducirnos al dolor, al sufrimiento y a la muerte, es el único camino que termina conduciendo -al final de los finales- a esa Vida que, de un modo u otro, todos anhelamos.  Una Vida que brota siempre de la entrega amorosa, del vaciamiento de todo egoísmo, de ser para los demás, de vivir con la mirada puesta en algo o alguien más allá de nosotros mismos…  Una Vida que, en nuestros peores momentos, nos susurra al oído: ‘no desesperes, esto también pasará…  Y todo, finalmente, terminará bien’.

Sin duda, habrá quienes pensarán que todo esto son fábulas para niños, que la esperanza del cristiano en medio de la oscuridad no es más que un mecanismo psicológico de autoengaño para soportar una situación que nos supera, que no hay orden en el universo, ni Dios que nos ame, ni más sentido que el que la voluntad quiera dar al día a día…  A todos ellos, les planteo la pascaliana pregunta que a mí me removió cuando en su misma posición me encontraba y primaba en mí el racionalismo (enfermedad de la que todavía me estoy reponiendo):  si tuvieran razón los cristianos y tú, en cambio, te mantuvieras en tu posición y renunciaras a la esperanza…  Saldrías perdiendo y vivirías tu existencia desde una errónea náusea que podrías haberte evitado.  Y, si los cristianos estuvieran equivocados y sus creencias y modo de vivir no fueran más que ensoñaciones que anestesian el dolor en el alma…  Tú vivirás con lúcido y desesperante dolor y ellos con la sonrisa del idiota.  Pero, al morir…  Ni tú sabrás que tenías razón, ni ellos que estaban equivocados.  Y mientras, la vida, habrá pasado…  Una con sufrimiento y sinsentido, la otra con la alegría que acompaña a la esperanza.  Piénsalo, ¿qué posición, qué apuesta existencial te parece más sensata?

Vivir amando no nos evitará el dolor, las complicaciones ni el sufrimiento…  Pero los hará más llevaderos, los transformará en escalones que conducen a un mañana mejor y no en un descenso al pozo de la desesperación.

Cuando la espiritualidad se vive, desde cualquiera de sus manifestaciones y tradiciones, uno experimenta en carnes propias que sólo puede entenderse en qué consiste desde dentro, desde la propia experiencia de alegría y esperanza pese a todo…  ‘Y contra toda esperanza, esperó’.  ¡Cuántas veces será esa esperanza la que nos dotará de un poder inimaginable para hacer que se opere el milagro y que suceda lo que parecía que no podía ser!  ¡Y qué alegría y satisfacción, entonces!

Lamento que el post de hoy se haya alargado tanto, mi meditación ha comenzado por un lugar y ha terminado en otro completamente distinto…  Pero el hilo conductor siempre es el mismo: que nos encontremos a nosotros mismos, que vivamos la mejor de las vidas posibles y que -haciéndolo- encontremos y seamos portadores de felicidad… Para nosotros mismos y para los demás.  La Buena Noticia es que la felicidad es posible y está en nuestras manos…  Amorosamente abiertas a los demás, aunque las traspase el dolor.

Que tengáis una buena semana.

Share This