Nuestros hijos han cogido vacaciones…  Van a disfrutar de casi tres meses de relax…  Menuda envidia, ¿no?

La mayoría de quienes ya tenemos cierta edad, tenemos instantes de nostalgia en los que añoramos ese pasado que fue y que ya nunca volverá.  O, más bien, añoramos el recuerdo que tenemos de ese pasado, un recuerdo que no suele ser fiel del todo a los acontecimientos y que nos lleva a pensar -como el poeta- que cualquiera tiempo pasado fue mejor.  Y, entonces, echamos de menos nuestra juventud, esa época en la que todavía no nos habíamos comprometido con las mil responsabilidades que hoy conforman nuestra existencia.

Pues bien, quiero que hagas memoria por un instante y que recuerdes cómo fue en realidad tu adolescencia y juventud temprana.  Porque la mente a menudo nos engaña.  Este sencillo ejercicio puede que te ayude a recordar que no todo era de color de rosas y -por otro lado- puede que también te ayude a comprender mejor por qué están pasando tus hijos (si los tienes) y cómo es mejor tratarlos.

Porque la juventud no es sólo la época de la efervescencia hormonal y física, también es la época de la inquietud, de apostar por un futuro sobre el que no tienes experiencia alguna, de soportar unas autoridades a las que no te es fácil comprender, de hacer coexistir tus ansias de definirte y afirmarte con la dura consciencia de que te estás estrenando en esto de vivir y que, por tanto, tienes muchos números de equivocarte.  Años en los que aparentas seguridad para ocultar el estrés que te causa la incertidumbre de cada decisión que tomas.

¿Estrés?  Sí, estrés.  La situación del adolescente es equivalente a la siguiente, que estoy convencido de que entenderás mucho mejor.  Imagina que acabas de terminar tus estudios de -pongamos por ejemplo- Derecho en la Universidad.  Has aprendido algunas cosas pero te falta la experiencia que sólo da el ejercicio y la especialización en un área.  Te contrata un fantástico despacho de abogados con oficinas en España, Inglaterra y Estados Unidos (eres un tío con suerte).  Hoy es tu primer día de trabajo y te envían -solo- a visitar al Director Financiero de una gran empresa de banca para que resuelvas sus dudas sobre planificación fiscal internacional.  Te avisan de que el tío es exigente, y de que no puedes dejar mal a la empresa a la que representas.  ¿Puedes irte imaginando la situación?  ¿La presión que sientes en el pecho?  ¿La inseguridad de saber que no estás preparado para responder a sus preguntas y que, sin embargo, no puedes escapar a entrevistarte con él?

Nuestros hijos a menudo se sienten así cuando se enfrentan a una vida para la que todavía no están preparados y ante la que sólo pueden formarse viviendo, y equivocándose.  Y eso los tiene en tensión.  Dicen que los adolescentes son un poco rebotones…  Por muy buena pasta de la que estén hechos, ¿cómo no lo van a ser si quieren quedar bien -como personas maduras- con quienes les rodean, si quieren demostrarse a sí mismos que cada día están más preparados y, sin embargo, se topan constantemente con sus propias carencias y limitaciones, así como con las limitaciones que les ponemos quienes ejercemos cierta autoridad sobre ellos?  No es sólo una cuestión de distancia intergeneracional, es cuestión de tensión interior.

Ahora les esperan unos meses de vacaciones.  Pueden dedicarlas a perder el tiempo quemando las jornadas sin hacer nada de provecho, pueden  descansar para reponerse del estrés acumulado durante el año y pueden invertir ese tiempo en desarrollar habilidades y capacidades personales que les ayuden a enfrentarse a su día a día el curso que está por venir.  El tiempo que inviertan hoy en prepararse con tranquilidad y ambiente distendido les evitará tensiones y estrés el día de mañana.  Así que anímales a que crezcan y se desarrollen también en verano.  De aquí unos meses, todos en casa lo agradeceréis.

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