El fin del mundo está aquí…  Hay momentos en la vida en los que parece que todo se desmorona, y es fácil que también nosotros nos desmoronemos con todo lo que se viene abajo.  Porque creemos que somos lo que nos rodea, lo que nos acompaña, lo que hemos logrado con esfuerzo y tiempo.  Creemos ser lo que tenemos y, por eso mismo, su pérdida supone perdernos a nosotros mismos…  Lo que implica una doble pérdida, y un doble sufrimiento.

Sin embargo, en muchas ocasiones las pérdidas crean un espacio nuevo para aquello que está por llegar y que no se ha manifestado con anterioridad por falta de sitio, porque no le hemos dado ocasión.  A veces es preciso vivir la pérdida, y pasar el luto por lo que ya no tenemos, para que surja algo completamente inesperado.

Me gusta cómo lo expresa Lao Tsé:

Aquello que para la oruga es el fin del mundo, para los demás tiene el nombre de mariposa.  Todos podemos experimentar esa metamorfosis.

¡Cuántas veces es preciso que todo desaparezca, que muramos a quienes somos, para que podamos nacer a quienes estamos llamados a ser!

Ojalá sepamos vivir esos tránsitos, esas épocas de cambio, como lo que realmente son y no con la angustia de enfrentarnos al fin de un mundo al que nos aferramos con desesperación.

 

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