Hay ideas que, de tanto que nos las han repetido, terminamos dando por buenas sin cuestionarlas. Una de ellas es que la sociedad ideal es una sociedad fraterna, en la que todos nos sintamos hermanos, en la que nos amemos como tales y como tales nos tratemos los unos a los otros.

La fraternidad nos lleva a descubrir que estamos unidos a los demás y que nuestro prójimo tiene la misma dignidad que nosotros, por lo que no podemos pasar de largo ante su sufrimiento.  Y eso es un adelanto, como lo fue la Ley de Talión para poner medida a las venganzas sin límites.

Pero no podemos pensar que es el ideal, la máxima expresión de humanidad.  Porque se puede ir un paso más allá, como lo han hecho todos los santos que en el mundo han sido:  éstos no han tratado a los demás como hermanos sino como hijos, han actuado desde una paternidad/maternidad espiritual que no se contenta con poner a los demás a su nivel sino que se pone completamente a su servicio, en la base para que el resto se apoye en ellos y se eleven a sí mismos, descentrándose de todo egoísmo para poner el eje de su vida en quienes le rodean…  Como corresponde a todo padre o madre que se precie, respecto a sus hijos.

Fratelli tutti es un avance, un cambio necesario para transformar el mundo en un lugar mejor.  Pero quienes tratamos de vivir una espiritualidad crística que nos lleve a palpitar con el corazón de Jesús no podemos contentarnos con la fraternidad sino que debemos desear ir más allá de ella para poder relacionarnos con los demás al modo de un Padre (o una Madre) que supedita su existencia a dar vida a los suyos y a que crezcan en Salud, Sabiduría y Bondad.

Magis, siempre más allá…  En el más acá.

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