‘La caridad de médico del Papa Francisco‘ puede resultar un título un tanto críptico si se desconoce la frase de un teólogo protestante suizo que yo descubrí gracias a González Faus:

El cristianismo se ha distinguido siempre por la caridad, pero su caridad ha sido siempre más la de la enfermera que la del médico

Tendemos a pensar la caridad como el mero alivio del sufrimiento ajeno por amor al prójimo, como un sinónimo de la misericordia, de poner nuestro corazón en la miseria ajena…  Por lo que identificamos la caridad con las obras de misericordia: visitar al enfermo, dar de comer al hambriento y de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, visitar a los presos, enterrar a los difuntos, enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar al que nos ofende, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo y rezar a Dios por los vivos y los difuntos.

Y, si bien es cierto que la práctica de las obras de misericordia daría a luz una humanidad nueva y distinta, no es menos cierto que podemos calificarlas de ‘caridad de enfermera’ que pone los medios para aliviar el sufrimiento, pero no para arrancar la raíz las causas de éste.  Eso corresponde a la caridad del médico, y es el motivo -al menos en mi opinión- por el que el Papa Francisco tiene fama -en determinados círculos- de ser un pontífice ‘que hace política’.  Porque no se contenta con poner vendas ni apósitos -que también resultan imprescindibles- sino que acude a las fuentes del mal del sufrimiento y de la injusticia (que suelen encontrarse en los núcleos de poder y en lo más profundo del alma de cada uno de nosotros) y nos dice con claridad: ‘por aquí no, esto no es humano, esto no es cristiano, esto no es un camino que lleve a un futuro mejor’.

No es cómodo un Papa así, es cierto.  Pero no puede olvidarse que este Santo Padre hunde sus raíces en la Compañía de Jesús, y que -como ella en su Congregación XXXII– considera que ser jesuita significa reconocer que uno es pecador y, sin embargo, llamado a ser compañero de Jesús, como lo fue San Ignacio. (…)  Y ser compañero de Jesús significa comprometerse bajo el estandarte de la cruz en la lucha crucial de nuestro tiempo: la lucha por la fe y la lucha por la justicia que la misma fe exige.

El Papa Francisco se encuentra con Jesús crucificado en todos y cada uno de los descartados del mundo, en cada acto de injusticia, en cada muestra de falta de humanidad.  Y le duele esa cruz, ese martirio.  Porque sabe -como Leon Bloy– que sufrir pasa, pero que haber sufrido no pasa.  Y nos anima a ponerle fin, cada uno en la medida de sus posibilidades, ayudando a Dios (en palabras de Etty Hillesum) con nuestro trabajo y nuestras decisiones, amando así -con obras- lo que Él ama.

¿Es eso política o espiritualidad?  Dejo responder a Nikolai Berdiaev por mí:

El pan para mí es una cuestión material, pero el pan para mi hermano es una cuestión espiritual.

Así, pues, no nos extrañe que el Papa haga Política (con mayúscula) cuando ésta no es más que la peligrosa concreción de su fe, y la materialización de la lucha por la humanidad y la justicia que nace de esa misma fe…  Caridad de médico que no se contenta con ponerle una tirita a la herida del mundo, sino que pretende sanarlo de raíz. 

Ojalá también nosotros seamos capaces de vivir la caridad del médico y la de la enfermera…  Porque necesitados estamos de ambas.

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