papa francisco papado

Fui educado en un catolicismo de lo más conservador, ni más ni menos que el del Opus Dei.  Aunque siempre hay sanas excepciones, la Obra que yo viví era más bien monocolor…  Y las pocas sorpresas que había en su seno -y con las que hice amistad- hoy, en su inmensa mayoría, ya no pertenecen a la Institución.  Pero no es éste el tema de este post, sobre las luces y las sombras de la Obra ya trataré en otra ocasión.

Decía que mamé un ambiente y un catolicismo conservador en mi infancia y juventud, periodo que coincidió con los papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI.  Si hay que etiquetar a ambos pontífices -con el riesgo y simplificación que implica toda etiqueta- habría que situarlos en el lado del catolicismo conservador, de esos católicos que los adoraban y formaban su guardia pretoriana.

Siguiendo con las caricaturas, podríamos decir que en la otra trinchera eclesial estaban los católicos progres, todos esos miembros de la Iglesia -aperturistas y desviados, con los jesuitas en cabeza- que ponían en cuestión el cristianismo propio de ese catolicismo y que no pocas veces se enfrentaban al Papado, a sus afirmaciones, a sus gestos y sus decisiones.  Así que -al menos en mi mente- se fue formando la inconsciente idea de que los conservadores eran respetuosos con el Papado, mientras que los progres no respetaban a nada ni a nadie…

Pero llegó el Papa Francisco, y la cosa cambió.  Quienes antes exigían absoluto respeto a la figura del Sumo Pontífice, quienes prácticamente consideraban que el Papa hasta estornudaba ex cathedra, hoy claman al Cielo contra Francisco, considerando que está poniendo en peligro a la Iglesia, a su Magisterio, a la Tradición y a los fieles…  Especialmente tras el movido Sínodo de la Familia.  En cambio, muchos de los progres que antaño se pasaban la autoridad del Santo Padre por el mismísimo Arco del Triunfo, hoy emplean la figura del Obispo de Roma para defender sus posiciones y atizarles a los conservadores que en el pasado les habían acusado de heterodoxos.

No hay manera, llevamos el dualismo arraigado en el corazón y somos incapaces de descubrir la Unidad que se oculta en la diversidad, somos incapaces de superar la polaridad de los opuestos.  ¿Fue Cristo progresista? ¿Fue conservador?  La respuesta, aunque nos cueste reconocerlo, dependerá de cómo seamos nosotros…  Porque sólo vemos lo que queremos ver, nos quedamos con la parte del mensaje -tanto de Cristo como del Papa, como de cualquier otro- con el que sintonizamos, con el que estamos de acuerdo, y despreciamos todo aquello que nos incomoda o nos empuja fuera de nuestra zona de confort.

Dios es semper maior, será siempre inabarcable para nuestras categorías, nuestros planteamientos y nuestras trincheras.  Sólo cabe apertura ante ese mar sin orillas, sólo cabe seguir avanzando tras las huellas de Aquél al que nunca comprenderemos total y absolutamente.  Y los Papas lo saben, y no pueden olvidarlo, y por ello deben apuntar más allá de ellos mismos y de nosotros mismos, invitándonos a caminar sin miedo en pos de Aquél que nos llama desde el más allá y desde el más acá.  Y en ocasiones su llamado vendrá desde la derecha, y en otras desde la izquierda.  Porque hay cosas y categorías que se deben conservar y otras que deben progresar…  Dejemos que Dios marque los tiempos…  Y dejémonos de conservadurismos y progresismos porque, como decía con acierto Ortega y Gasset (progresista conservador donde los haya) el ser de derechas, como el ser de izquierdas, es una de las formas que puede escoger cualquiera de ser estúpido.  Porque tanto una posición, como la contraria, constituyen formas dualistas de hemiplejia moral.

Abandonemos las trincheras, miremos con ambos ojos, persigamos la Unidad, la Totalidad y la Catolicidad…  Y no adoremos más que a Dios, pues lo demás es idolatría…  También la papolatría.

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