Hay ofensas que, sabe Dios por qué, te duelen especialmente, se te clavan en el corazón y se graban en tu mente.

Esas ofensas generan heridas que escuecen, que se infectan y que perduran en el tiempo.

Pasan los días, las semanas, los meses…  Y esa ofensa sigue tan presente, tan incómoda y tan dolorosa como cuando sucedió por primera vez.  Perdura en el tiempo.  Y ahí sigues tú, sufriéndola, padeciéndola, permitiendo que te coma por dentro…  Tal vez esperando unas disculpas que jamás llegarán, tal vez cabreándote porque tú estás como estás mientras que quien te ofendió está como si nada hubiera sucedido.

Puede que trates de olvidar lo que te hicieron, sin éxito.  Porque duele demasiado.

Puede que trates de superar la ofensa, pero de nuevo viene a tu mente… Una y otra vez.  Cualquier nimiedad te la recuerda y la reaviva.

Mejor trata de buscar y entender las motivaciones de quien te ofendió, aunque no las compartas.  Trata de ponerte en su cabeza y en su corazón.  El perdón nace del amor, pero sólo se ama lo que se conoce…  Y sólo se conoce lo que se ama.  Busca ése conocimiento amoroso del otro, ese amor consciente hacia el modo de ser y la circunstancia de quien te ofendió.  Porque son pocos quienes actúan por pura maldad.  La mayoría de las ofensas surgen de la necedad o del egoísmo que pone el interés particular por encima del bien y de la justicia…  Considerándolo un bien…  Propio.

Y puede que entonces, metiéndote en la mente y el corazón de quien te ofendió, sientas nacer en ti ese perdón que libera…  Y puede que descubras que el principal prisionero de esa ofensa, el que más sufría y más atado se encontraba a sus cadenas…  Eras tú.

Y eso, a menudo, es peor aun que la ofensa.

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