Ayer, al mediodía, hice mi primera sesión de magnetoterapia para tratar una dolorosa lesión de tobillo que arrastro desde hace un mes y medio.  Los dolores, en algunos momentos del día, son difícilmente soportables.  En otros, resultan mucho más llevables.  Lo peor, conducir…  Y paso un buen rato al volante cada día…  Así que ya te imaginarás las ganas que tenía de que el tratamiento funcionara.

Magnetoterapia, ¿habías oído hablar alguna vez de ella?  Yo no.

Como puede intuirse por su nombre, la magnetoterapia es un tratamiento de rehabilitación que utiliza imanes para promover la curación de afecciones médicas. Los imanes se colocan en una zona que hay que tratar, y estimulan el campo magnético del cuerpo para promover el flujo de sangre y oxígeno a la zona, reduciendo el dolor.  O eso dicen porque, cuando ves la maquinita, parece que no esté sucediendo nada.  Cuarenta y cinco minutos tumbado con el pie dentro de un tubo que zumba un poco pero nada más.  No ves nada, no sientes nada, pero se supone que ‘algo’ está actuando.

Terminé mi primera sesión sin grandes expectativas.  Sin embargo, al volver a casa en coche me di cuenta de que ese agudo dolor que no me abandonaba al conducir no estaba ahí…  Algo había pasado, aunque yo no lo hubiera advertido.

Y aquí es donde enlazo con el título del post, porque dudo que tengas mucho interés en mi lesión o en la magnetoterapia.  Esa experiencia de una mejora inesperada me hizo pensar en que muy a menudo la Vida actúa sobre nosotros de un modo silencioso, que no se aprecia, que no notamos a simple vista.  Una conversación, una mirada, una sonrisa, un encuentro, una pérdida…  Cualquier acontecimiento puede poner en marcha mecanismos interiores que no percibimos pero que van operando profundos cambios en nosotros que -al ponerse de manifiesto- pueden sorprender a propios y extraños.

¡Qué importante es atender a lo que nos rodea y a lo que nos pasa por dentro!  Cómo deberíamos cuidar lo que viene de fuera, como quien vigila lo que ingiere.  Porque todo, absolutamente todo, es alimento o veneno…  Lo percibamos o no.

Pero también es esencial cultivar los adentros y dedicarles tiempo.  Porque éstos son los que digieren lo que nos sucede, quienes reaccionan de un modo u otro a lo que vivimos.   Es importante dedicarle un tiempo al pensamiento, a la psique y al espíritu.  Porque lo invisible, aunque no se vea, tiene un gran poder sobre nuestras vidas.  Es peligroso dejar que campe a su aire.

Un detalle importante: esta mañana, volvía a dolerme el tobillo.  Así que no basta con una sesión o taller.  Ni de magnetoterapia ni de cuidado de uno mismo.

Y aquí seguimos, en camino.  De lo uno, y de lo otro.  Pero agradeciendo siempre las grandes experiencias que uno puede obtener de los más nimios acontecimientos cotidianos.

Fantástica Vida, que no deja de enseñarnos y moldearnos, aunque a veces tenga que presionarnos e incomodarnos para hacerlo.

 

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