No creo que el tener una tendencia natural a compararme con los demás me haga un ‘tío raro’.  Más bien pienso que es algo bastante común.  Que, pese a saber que no es una buena idea, la mayoría de nosotros nos descubrimos a menudo comparándonos con los demás.

¿Por qué digo que no es una buena idea?  Porque cada persona es un mundo, porque cada uno de nosotros dispone de unas virtudes y de unos defectos, porque mis circunstancias no son las tuyas y porque puede que -en tu situación- mis dones tengan muy poca utilidad y, en cambio, los tuyos te permitan vivir con plenitud y felicidad…  Cada persona es un mundo, y cada mundo es un mundo.

Sin embargo, pese a tener esta premisa muy clara, a menudo me descubro mirando por el rabillo del ojo al vecino, y comparándome con él…  Y no siempre me gusta lo que veo.  No es racional, pero es real…  Me pasa…  E imagino que no seré el único.

Es por este motivo que me he decidido a compartir una historia que escuche hace tiempo y que, aunque no me ha curado de mi mal, sí que me ha ayudado a no hacer mucho caso de esas comparaciones cuando caigo en la tentación de realizarlas.  Dice, más o menos, así:

Hace un par de años, cogí el tren para visitar a mi tía que vive a casi mil kilómetros de mi casa y pasar con ella mis vacaciones de verano.  Aproveché el trayecto para pensar en mi vida, mientras contemplaba el paisaje por la ventana.  Hubo un instante en el que una imagen me sacó de mis ensoñaciones: en lo alto de la montaña había una preciosa casa blanca, luminosa como la luna llena, rodeada de verde césped y de frondosos árboles, una bella estampa que parecía un cuadro al óleo.  Era tan blanca y tan hermosa que quedó grabada en mi retina y en mi memoria hasta hoy.

Hoy, dos años más tarde, he vuelto a coger el tren para visitar a mi tía.  Esta vez ha sido para pasar con ella las navidades.  Ha nevado, el paisaje parece otro…  Y yo no dejo de mirar por la ventana porque busco inconscientemente esa hermosa casa blanca que me robó el corazón.  Por fin localizo la montaña, y los frondosos árboles cubiertos ahora de nieve, descubro la casa…  Y el alma me cae a los pies…  Porque esa casa que había comparado con la luna llena, al encontrarse rodeada de la blancura de la nieve, parece sucia, gris y descuidada.

Es la misma que era, lo sé, no ha cambiado.  Lo único que ha variado es el entorno…  Al estar rodeada de verde la veía blanca como la nieve.  En cambio, junto a un paisaje nevado pierde todo su encanto. 

¿Cómo es en realidad la casa?  La casa es como es, blanquecina y preciosa si la miras sin atender a nada más que a ella.  Pero, al compararla, endiosas o aniquilas su belleza… 

¿Cuántas veces hacemos algo parecido con nosotros mismos?

No nos comparemos, porque a veces saldremos ganando y otras perdiendo…  Pero siempre nos estaremos engañando.  Porque la única comparación que es fiel a la realidad es la que consiste en compararnos con nosotros mismos.

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