sentido del humor

Me gusta la gente que sonríe, la que es capaz de hacer un chiste incluso en medio de la mayor seriedad o contratiempo.  Una sonrisa -y no digamos ya una carcajada- te liberan de la tensión, de la presión y de la tristeza.

No estoy hablando de la vena irónica que a menudo observa uno en los entierros, como coraza tras la que ocultar el dolor o la desesperación.  Ni del humor arrojadizo, lanzado contra el otro con ánimo de herirle, ridiculizarle o vencerle -sin argumentos- en una discusión.  No me refiero tampoco a la sonrisa del idiota, del que sigue tan feliz mientras arremeten contra su imagen, sus derechos o su dignidad.

Estoy pensando en ese sentido del humor que uno cultiva en sí y para sí, de ese ser capaz de verse desde la comicidad, de no tomarse más en serio de lo imprescindible, de ser irreverente con las propias miserias y creencias, de relativizar lo trágico para buscarle su faceta más divertida.  Estoy pensando en el mismo sentido del humor que reclamaba Henry Ward Beecher en una de las sentencias más luces que he leído jamás al respecto.  Dice así:

«Una persona sin sentido del humor es como una carreta sin amortiguadores.  Se ve sacudida por todas las piedrecitas del camino»

Sonreír nos ayuda a vivir, a superar las dificultades diarias, los fracasos, las pérdidas y las decepciones…  Cada sonrisa amortigua muchos dolores y, si es compartida, todavía más.  Sonríe, vive…  Amortiguando las piedras del camino.

¿Nos echamos unas risas?  Dudo que haya un mejor pan para el día de hoy.

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