El sentido, significado y simbolismo del Adviento y de la corona de ramas

El Adviento como preparación para la Navidad

Quienes vivimos en el seno de una sociedad que bebe de una cultura con raíces judeocristianas, nos encontramos inmersos en los prolegómenos de la Navidad que -litúrgicamente- recibe el nombre de Adviento, del latín Adventus Redemptoris (que hace referencia a la próxima venida del Redentor, del Hijo de Dios, de Nuestro Señor Jesucristo, cuyo nacimiento conmemoramos en Navidad) y que constituye el inicio del año litúrgico cristiano.

Pero, ¿qué es el adviento para un cristiano?

Para un cristiano, el Adviento es el periodo comprendido entre los cuatro domingos anteriores al 25 de diciembre y la Nochebuena.  Esos cuatro domingos son los cuatro pilares que nos permitirán edificar el templo-establo en el que nacerá el niño Dios.  Nos encontramos, por tanto, en un periodo de preparación espiritual para descubrir y encarnar la venida de Cristo en Navidad, como se expone en este artículo sobre el orígen histórico del adviento.

El adviento se divide en dos periodos (de dos semanas cada uno):

  • El primero tiene un carácter marcadamente escatológico que nos lleva a meditar y reflexionar en torno a la venida gloriosa de Cristo.  Mediante textos del Antiguo y del Nuevo Testamento (toman especial relevancia los proféticos de Isaías y las cartas de Pablo) se nos anima a vivir con esperanza la venida del Señor.
  • Las dos últimas semanas nos animan a preparar la Navidad, a prepararnos para ese nacimiento que lo cambiará todo y a caminar -como los pastores o los Reyes Magos- desde donde nos encontremos hacia ese portal de Belén en el que un Dios nos espera de un modo que jamás podríamos haber imaginado: envuelto en ternura, fragilidad y pobreza. 

Si somos capaces de vivenciar el adviento como un peregrinaje espiritual, entenderemos que el color litúrgico de este tiempo sea el morado de la penitencia, porque el camino que vamos a recorrer es un tiempo de examen de conciencia, de purificación, de preparación, de andar ligeros de equipaje con la mente y el corazón puestos en la alegría de reconciliarnos y encontrarnos con quien está por nacer.

También esta imagen puede ayudarnos a comprender la sobriedad litúrgica que acompaña a este periodo en el que no se reza el gloria (contenemos la alegría para dejarla aflorar en nochebuena) y se tiene la costumbre de reducir la música con instrumentos, las canciones especialmente festivas y las decoraciones ostentosas en las iglesias.

 

Un instrumento muy eficaz: el calendario de adviento

En algunos hogares existe la tradición de los calendarios de adviento.  Éstos recorren recorren este periodo hasta el 24 de diciembre, en forma de ventanas o cajones en los que -día a día- se deposita una chocolatina para goce y alegría de los más pequeños de la casa.

Es una tradición muy dulce  😉  Sin embargo, estos calendarios infantiles de adviento son sólo un reflejo del que debería ser nuestro propio calendario espiritual de adviento, instrumento que ya empieza a proponerse en algunas parroquias.  Los adultos deberíamos ponernos un objetivo espiritual y humano para cada uno de estos días, a modo de migas de pan que señalan y alimentan un camino que conduce al encuentro con Dios en nosotros y en nuestro prójimo.  No tienen por qué ser grandes cosas, basta con pequeños objetivos que nos abran a esa encarnación de Dios en la vida y la historia: pasar un día especialmente sonrientes, dedicar una jornada a llamar a esos amigos o conocidos que sabemos que lo están pasando mal, ir a visitar a ese familiar del que hace tanto tiempo que no sabemos nada, jugar con nuestros hijos aunque lleguemos reventados del trabajo… etc.  Cada uno puede hacerse su propio calendario de adviento a modo de hoja de ruta desde nuestra vida cotidiana hasta el portal de Belén, siempre bajo el auspicio de ese Espíritu Santo que nos llama, nos pone en camino y nos acompaña en cada uno de nuestros pasos.

Y, si no somos cristianos, tampoco pasa nada porque este mismo calendario puede ser un útil instrumento para experimentar la plenitud de la humanidad trascendente en nuestros corazones.  Porque el Espíritu sopla donde quiere, y el simbolismo metafísico del Adviento habla tanto a católicos como a no católicos, a cristianos como a no cristianos, a personas religiosas como a espirituales sin religión.  La gracia de todo símbolo es que va más allá de sí mismo, es un puente que nos conecta con algo que está mucho más allá de sí mismo.  Y, es importante recordarlo, el lugar y el tiempo de la encarnación no fue sólo en Belén hace más de 2000 años sino que es aquí y ahora, en tu corazón y en el mío.

¿Con qué nos conecta el Adviento, seamos o no cristianos?

El Adviento se nos presenta como un periodo de espera vigilante, de trabajo esperanzado, de atención, de receptividad y de compromiso.  A nadie se le escapa que nuestro mundo -y nuestra vida- están repletos de oscuridad.  Es el precio que debemos pagar por nuestra ignorancia, por nuestro egoísmo, por nuestra maldad y por ese pecado arquetípico que recordamos en la caída de Adán y Eva que tan sugestivamente nos narra el libro del Génesis.

Si miramos a nuestro alrededor, no es raro que veamos un mundo que avanza con loca ceguera y gran velocidad hacia un abismo que está cada vez más cerca.  No es difícil perder la esperanza.  Pero el Adviento nos anima a mantenerla porque, para los cristianos, Jesús es el niño-Dios compartiendo el oscuro destino de sus criaturas, Dios en nosotros y con nosotros, que sufre en sus carnes lo que nosotros sufrimos (y mucho más) pero que nos llena de esperanza al mostrarnos dónde está el camino que conduce de regreso al Paraíso Perdido.

Sin embargo, hay que estar atentos al Kairós, al momento adecuado, a las señales, a las indicaciones…  No vaya a ser que perdamos el tren de la redención de nuestra vida y de nuestro mundo porque estemos distraídos, porque ese nacimiento no nos pille contemplando las estrellas sino comiendo y bebiendo, de juerga o de compras.  ¿No es paradójico que volcados en la fiesta de celebración de un nacimiento nos olvidemos de atender al bebé?

Ese camino de regreso al Paraíso Perdido, insisto, no es sólo para los cristianos sino para cualquiera que anhele alcanzar la plenitud de su humanidad.  El Adviento nos anima a vivir con consciencia y responsabilidad este embarazo que nos permitirá gestar al Cristo Interior, a la chispa de Dios en nosotros y darlo a luz en nuestra vida, iluminando así -también- la de nuestros semejantes.

El Adviento es tiempo de estar atentos y colaborar

Las futuras madres, tienen la vista y el corazón puestos en el futuro nacimiento de su hijo.  Están especialmente atentas a todas las señales para asegurarse un buen embarazo y un mejor parto.  Porque, aunque lleven la semilla de Vida en su interior, saben que ésta requiere de sus cuidados, sacrificios, responsabilidad y atención para poderse desarrollar.

El desarrollo espiritual no es distinto: la semilla divina que todos tenemos en nuestro interior, esa chispa del fuego que no se apaga requiere de nuestra colaboración para encender, iluminar, caldear y purificar nuestro día a día.  Nada podemos hacer sin la Gracia, pero tampoco ella puede hacer nada si -como María- no decimos: he aquí la servidora del Señor, hágase en mí según tu palabra (aprovecho para aclarar que me gusta más la traducción por servidora que por esclava, ya que que considero que refleja mejor la libertad y la posición activa de la Virgen).

¿Qué debemos hacer para que todo vaya bien y experimentar la Cristianía –el nacimiento de Cristo en nuestro interior– esta Nochebuena?  Pues lo contrario de lo que solemos de hacer: en lugar de volcarnos en distracciones y llenarnos de cosas que nos despistan y alienan, es momento de vaciarnos de todo lo que no es imprescindible para hacer espacio a lo esencial y preparar tiempos y lugares para prestar atención a quienes nos rodean, ya que en ellos encontraremos el rostro de ese mismo Dios que está creciendo en nuestro interior.

No es casual que María diera a luz en un pesebre.  Nadie tenía tiempo ni espacio para ellos.  Momento de máximo desamparo, injusticia y oscuridad.  Pero ese vivir sin nada, es también ocasión de vivir libre de toda carga y seguridad.  Absolutamente dispuesta a lo que venga.  Ligera de equipaje para tomar el camino que el Espíritu le mostrará en cada instante.  Un camino que los textos evangélicos dejan claro que es de vaciamiento de los propios prejuicios, de los propios deseos, de las propias esperanzas, de los propios planes, del propio egoísmo, incluso de uno mismo, para asimilarnos a la naturaleza de Dios y de su encarnación, a  ese amor que se desborda en un hombre para los demás que, en su divina humanidad, nació en la más absoluta pobreza sin más posesión que el amor y los cuidados de sus seres más cercanos.

El Adviento es -para nosotros- tiempo de espera activa preparando nuestro mundo para la llegada del Señor, tiempo de caminar, de decidirse, de actuar a tientas, sabiamente ignorantes, porque es el lapso que va de la caída al levantarse, de la oscuridad a la Luz.   Podemos, por tanto, decir que el Adviento es un embarazo espiritual que requiere de nuestra atención y cuidados para que seamos capaces de parir a Dios en nosotros y con nosotros, para nuestro bien y el de todas las criaturas.

Podríamos meditar en torno a cada detalle del Adviento durante horas, pero creo que basta con estas pinceladas para que nos acerquemos a él entendiendo que no se trata de una mera rememoración histórica sino de una auténtica iniciación, de un proceso que debemos vivir en nuestro interior para descubrir que la Navidad es mucho más de lo que ha sido para nosotros hasta hoy…  Esta Navidad puede ser el parto de Dios en nosotros, si vivimos bien este Adviento.

El simbolismo de la corona de Adviento

No puedo -ni quiero- terminar sin dar unas breves pinceladas en torno a una hermosa costumbre que tiene una potente carga simbólica: la preparación de la corona de Adviento.

Procedente de una tradición precristiana vinculada a las fiestas del Sol Invicto (práctica pagana, para quien prefiera este término al de precristiano), el origen de la corona de Adviento tal y como la conocemos suele relacionarse con Johan Hinrich Wichern, un educador y teólogo luterano que atendía un albergue de huérfanos en Hamburgo y que, mediante esta corona, los catequizaba y ayudaba a visualizar los días que faltaban para llegar a la Navidad.

Pero no quiero tratar sobre su historia e interpretación, sino sobre su simbolismo, que va más allá de épocas y culturas para enraizarse en lo más profundo de nuestra conciencia.  Daré sólo unas pinceladas para que tú puedas seguir libremente tu meditación, encontrando conexiones, permitiendo que cada símbolo te resuene y conmueva, llevándote por caminos insospechados:

  • La corona se construye con ramas de hoja perenne, como el pino o el abeto.  Lo perenne es símbolo de lo eterno, de lo invariable, de lo que no cambia.
  • La forma de la corona es circular, mediante el trenzado de las ramas de hoja perenne:
    • El círculo no tiene origen ni fin, es eterno.
    • El círculo nos lleva a pensar en la idea de ciclo, de repetición que nunca es exactamente igual porque se da en nuevas coordenadas temporales que modifican las circunstancias de modo que el ciclo es el mismo pero nada es igual, como en una espiral ascendente o descendente. La vida es proceso, a menudo repetitivo, pero nunca nos bañamos dos veces en las mismas aguas…  El ciclo de la respiración siempre es el mismo (vacío, inspiración, mantenimiento, expiración), pero no hay dos respiraciones que sean iguales…
    • El círculo nos lleva también a pensar en el centro invisible que, sin embargo, constituye la esencia de toda circunferencia, que me gusta entender como un centro expandido.  Dios es un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna…
    • El círculo nos remite también al anillo, al compromiso
    • El círculo, con su centro vacío, nos lleva a pensar en la matriz, que necesita estar vacía para hacer espacio a la vida que debe surgir en su interior
    • El círculo, imagen del sol, de ese Dios que posibilita la vida con su luz y calor, que vierte sobre buenos y malos…
  • Los cuatro cirios, que corresponden a los cuatro domingos de Adviento:
    • Una luz cada semana, luz y calor, comprensión y amor, virtud progresiva que se cultiva y nos ilumina.
    • Paso paulatino de la oscuridad a la luz.  Es importante prestar atención a la idea de proceso, que también se manifiesta en la forma circular, en el ciclo.  La iluminación repentina ciega, es preciso recorrer un camino -si se quiere iniciático- para pasar de la oscuridad a la luz, para integrar la Gracia en nuestra existencia, para poder dar a luz al niño Dios en nuestra vida sin perecer en el intento.
    • Esta iluminación gradual me recuerda a la celebración judía de la Hanukkah en la que, durante 8 días consecutivos, encienden cada uno de los ocho brazos de la Menorah en conmemoración de la victoria de Dios sobre la oscuridad.
  • El quinto cirio central:
    • Se coloca y enciende al final del Adviento, en Navidad
    • Ha permanecido invisible mientras vivíamos en la oscuridad, se manifiesta cuando nuestra vista esta lista para ver
    • Símbolo del nacimiento de Dios en nosotros, de la encarnación, del centro iluminado, del Fuego que da lugar a todos los fuegos, del que es Origen, Camino y Fin

Queda mucho en el tintero, mucho por pensar, por meditar, por ver, por decir… Pero prefiero que seas tú quien lo descubras por ti misma, que lo experimentes en propias carnes, que lo vivas como preparación para la Navidad.

Un vídeo de regalo: la llamada de Adviento

Si has leído hasta aquí, tienes mucho mérito…  Porque esto se ha alargado mucho más de lo previsto.  Y, por eso mismo, quiero compartir contigo un regalo que me hicieron a mí hace unos días: un simpático vídeo titulado ‘la llamada de Adviento’ en el que -de una manera simpática y sencilla- Paola Pablo con invita a no perder de vista lo realmente importante de estas fechas: el nacimiento del niño Dios en nuestro corazón.

Ya me dirás cómo te sienta…  Espero tus comentarios.

Share This