En muchas ocasiones he escrito recomendando el silencio, alabando sus virtudes y recordando su urgente necesidad.  Sin embargo, hoy he caído en la cuenta de que sólo he tratado sobre el rostro luminoso del silencio cuando, como todo en el ámbito de la manifestación, tiene también su sombra.

El silencio que siempre he alabado es el que promueve la apertura, la escucha, la gestación de la Palabra.  Pero no es raro que en un mundo como el nuestro, en el que nos encontramos saturados de tanto ruido, el silencio pueda convertirse en una vía de escape, en una huida, en un recogimiento egoísta, en un autismo espiritual que quiera desconectar de una realidad que reclama su atención y ayuda para descansar y rehuir de su responsabilidad en el jardín interior del alma.

Ese silencio no es fecundo, sino que mata.  Mata nuestra humanidad y mata la humanidad de quienes nos rodean y necesitan de nuestra atención, palabra y actuación.  Ese silencio es una irresponsabilidad y un atentado contra nuestro mundo, un acto de egoísmo que daña la realidad toda, y a nosotros con ella.  Ese silencio duele, ese silencio mata.

Busquemos el mejor de los silencios, el que engendra la Palabra, y no olvidemos que lo más luminoso es también lo que produce mayores sombras.

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