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Quienes hemos sido educados en el cristianismo no es raro que tengamos todavía ecos en nuestra memoria de una de las parábolas que emplea Jesús para referirse al Reino de Dios: el grano de mostaza.

La podemos encontrar en Mt. 13, 31-33, en Mc. 4, 30-33 y en Lc. 13, 18-19, pero también en Homero y los clásicos griegos encontramos la referencia simbólica a la semilla.

Con pequeñas diferencias en la redacción, la parábola cristiana viene a decir que si uno siembra en tierra fértil un grano de mostaza (la más pequeña de todas las semillas), de ésta surge la mayor de las hortalizas, que crece y crece hasta llegar a hacerse un árbol capaz de dar fruto, cobijo y sombra…  Un árbol en el que vienen a anidar –en sus ramas- toda suerte de aves del cielo.

Cristo hablaba en parábolas para tratar de trasmitir con palabras lo que está más allá de toda palabra.  Por ello, es preciso meditar las imágenes, contemplarlas, interiorizarlas, rumiarlas, digerirlas, dejarlas actuar en nosotros…  Sólo así lograremos obtener todo el alimento espiritual que contienen.

A continuación te muestro algunos “bocados” e intuiciones que he recibido al meditar este texto, por si te sirven de punto de partida para tus propias contemplaciones:

LA MÁS PEQUEÑA DE LAS SEMILLAS: el grano de mostaza debe ponernos en contacto con nuestra insignificancia, con nuestra impotencia, con nuestras limitaciones…  Debe llamarnos a la humildad.  En sí mismo, el grano de mostaza es una ridiculez, algo minúsculo e inservible.  Sin embargo, la paradoja se encuentra en su interior, en el que se oculta algo infinitamente mayor que él mismo.

MORIR PARA DAR FRUTO: ¿Cómo se transforma el insignificante grano de mostaza, la más pequeña de las semillas, en la mayor de las hortalizas?  Sembrándose en tierra fértil (rodeándose de aquello necesario para poner en marcha un proceso de transformación) y muriendo a sí mismo para liberar lo que hay en su interior.  Si intentáramos llenar el grano de mostaza de cualquier cosa, terminaríamos pronto.  Al ser diminuto, parece que dispone de poca capacidad.  Sin embargo, la lógica de Dios y de la naturaleza es distinta, y en la vacuidad cabe el infinito, la nada conduce al Todo.  Así que, cuando el grano de mostaza renuncia a lo poco que es, rompe su envoltura y se pierde a sí mismo, libera el potencial infinito que se ocultaba en su interior y que dará a luz al árbol que ni tan siquiera podía imaginar que estaba llamado a ser.  Muriendo a sí mismo, el grano de mostaza se encuentra con quien realmente es.  ¿Cuántos de nosotros seguimos apegados a quienes creemos ser, permaneciendo como granos de mostaza cuando podríamos ser robustos y hermosos árboles?

TÚ ERES ESO:  Cuando el grano de mostaza se contempla en el espejo puede convencerse de que él sólo es eso, una diminuta y colorida pelota como tantas otras.  Sin embargo, hay algo en su interior que le llama y que le hace prestar atención a quienes le dicen que es mucho más que lo que se ve, que no es eso sino Eso.  También a nosotros puede sucedernos algo parecido: aprendamos la lección del grano de mostaza y tomemos conciencia de que sólo en la realización de nuestra más profunda naturaleza se encuentra el sentido de nuestra vida, de nuestro valor para los demás y de nuestra relación con la tierra y con el cielo.

Porque el grano de mostaza se encuentra aislado de todo y de todos en su insignificante circularidad.  No tiene conexión con nada ni con nadie, ni tan siquiera consigo mismo.  Sin embargo, al fructificar hunde sus raíces en la tierra y, al mismo tiempo, eleva sus ramas hacia el cielo.  Y, como dice la parábola, entonces sí que puede dar sombra y cobijo al viajero y a los animales, mientras que las aves del cielo (símbolo de los ángeles, de los mensajeros de lo Alto, de las Gracias y Acciones que proceden del Innombrable) pueden anidar en su hermoso y majestuoso ser.

No temamos a renunciar a lo que creemos ser, desapeguémonos y muramos a la imagen que nos hemos forjado de nosotros mismos, dejémonos fecundar por el Espíritu y permitámosle actuar en nuestro interior para que haga de nosotros lo que estamos llamados a ser.

Sólo en la renuncia a nosotros mismos nos encontraremos, sólo en la pérdida ganamos, sólo muriendo a nuestra nada podremos dar a luz al Todo en nosotros.  Pongamos los medios, cultivémonos para dar fruto…  Vaciémonos para ser llenados hasta rebosar…  Abrámonos al infinito que lucha por surgir desde lo más profundo de nuestro interior.

Pobreza espiritual, vaciamiento, muerte y resurrección…  Desprendámonos del hombre viejo para que pueda surgir ese Dios en el que vivimos, nos movemos y somos.

¿Seremos capaces?

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