Pese a mi juventud, estoy cansado de aquellos filósofos y supuestos sabios académicos que parecen hablar para no ser comprendidos.  Escudados tras términos técnicos y una oratoria oscura y compleja, parecen tratar de ocultar lo mucho o poco que saben tras miles de velos para que no sea visto ni tocado por el común de los mortales.

Si la sabiduría es ese conocimiento que nos ayuda a desarrollarnos como seres humanos y, por tanto, nos acerca a la Verdad…  ¿No tendremos el deber moral, humanístico, de transmitirla de un modo comprensible?  Hay que adecuar el mensaje a su destinatario y si, en ocasiones, para hacerlo hay que simplificarlo un poco, no hay que rasgarse las vestiduras por ello.

¿O acaso vamos a negar el valor a la escolástica medieval porque, como nos recuerda la teología negativa, no pudo aprehender la esencia última de Dios?  Pues claro que no pudo, pero intentó explicarlo en el lenguaje racional de la época…  Y supuso el punto de partida de muy distintas y válidas reflexiones…  Y de muchas vocaciones…  Y de muchas equivocaciones, sí…  Pero también de muchas vidas felices y más cercanas a la humanidad, a la Verdad y a la Bondad.

Debemos estudiar, debemos meditar, debemos buscar y experimentar el conocimiento, la sabiduría, interiorizarla, digerirla, hacerla nuestra y después, sólo después, tratar de comunicarla con actos y palabras adecuados a aquél al que se dirigen.

Benditos sean los escritos de autoayuda cuando transmiten Verdad, y malditos sean los libros de filosofía y religión que sólo producen estupor y desconcierto a quien trata de asomarse a sus páginas.

El lenguaje existe para ayudarnos a comunicarnos, no para ocultarnos –y ocultar la Verdad- tras un manto de espesas palabras.

Vale la pena no olvidarlo…  El mundo depende de que sepamos transmitir la sabiduría, ese arte de vivir al que cada día se dedica menos tiempo.  ¿Sabes algo? Dalo a conocer, hazte entender, es tu deber.

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