Cada uno de nosotros es un enigma para los demás, una flor única e irrepetible que florece en contacto con unas cosas y no con otras.

Tú y yo tenemos unos talentos, unas capacidades, unos dones y una facilidad tremenda para unas materias y no para otras.  Esa loca afición por unos temas y no por otros, que te vuelve un especialista en las más curiosas áreas de conocimiento, es algo que siempre me ha llamado mucho la atención…  Y, por eso mismo, he tratado de buscar dónde se encuentra el nexo que une todas las explosiones de talento que conozco…  Y creo que he encontrado la clave: el asombro. 

Nos asombra lo que intuimos interesante, y lo intuimos porque hay una parte de nosotros que descubre lo que el resto no ve: mi mujer adora los documentales de animales porque extrae de su naturaleza profundos aprendizajes para la existencia humana que a mí se me escapan; mi hija disfruta de la repostería porque es capaz de imaginar deliciosas recetas que no ha leído en ningún lugar pero que demuestran ser obras de arte para deleite de quienes la rodeamos; mi hijo, desde pequeño, es un enamorado de la mitología porque se reconoce en las luces y sombras de los dioses y héroes que forman parte del imaginario de las distintas culturas…

Todos y cada uno de ellos han demostrado sentirse asombrados ante cosas que, al resto, nos dejaban indiferentes.  ¿Por qué?  Porque su tercer ojo penetra en esa realidad de un modo único, muy distinto a la superficial aproximación con la que convivimos con la mayoría de lo que nos rodea.

Y a ti, ¿qué te asombra?  Porque, probablemente, ahí puedas encontrarte con tu más auténtico tú.

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