Las creencias, tan poderosas y peligrosas al mismo tiempo…  Y no hablo sólo de las creencias religiosas, sino de las mil cosas que creemos de forma inconsciente y que, por eso mismo, ni nos planteamos someter a crítica.

Hay creencias que nos han inculcado, y otras que hemos ido forjando con nuestras propias experiencias que -aunque tendamos a olvidarlo- son subjetivas y limitadas…  Pero por la vía de la creencia las transformamos en en principios o normas de aplicación universal.  Te pongo un par de ejemplos para que no queden dudas sobre lo que pretendo decir.

Primer ejemplo: conozco a una chica que, cuando tenía ocho años, empezó a tener serios problemas en el colegio con la asignatura de matemáticas.  Se le resistía.  Sus padres -probablemente con la mejor de las intenciones- le repetían que no se preocupara, que cada uno tenía sus limitaciones y que ella no tenía cabeza para los números.  Durante años, siguió acarreando mil problemas con la asignatura de matemáticas…  Hasta que en los test de aptitudes que realizaban en su colegio para ayudar a los alumnos a escoger una carrera universitaria, salió un resultado que no cuadraba: se suponía que tenía muchas aptitudes para la lógica y el pensamiento matemático.  No podía ser, se habrían equivocado.  Lo revisaron, no había equivocación alguna.  Ese simple hecho, despertó en su mente y en su corazón el anhelo de comprobar si estaban en lo cierto.  Sus padres, confundidos, decidieron apoyarla en su cruzada y le pagaron academias y profesores particulares de matemáticas.  A día de hoy, es ingeniera y es feliz con su trabajo…  Y sabiendo que ha sido capaz de superar una falsa creencia limitante que la tuvo dominada durante años.

Segundo ejemplo: imagina que a los dieciséis años te echas un novio, y que éste te es infiel con tu mejor amiga.  Imagina que, después de reponerte, a los dieciocho años, inicias una nueva relación…  Y que tu nueva pareja te es infiel con tu nueva mejor amiga (porque, obviamente, cambiaste de mejor amiga).  Nueva ruptura y periodo de ‘duelo’…  A los veintitrés te enamoras de nuevo…  Y te engaña con tu mejor amiga, una vez más.  ¿No es natural que pienses -mejor, que creas- que los hombres son unos mal nacidos, infieles por naturaleza y que además tienen la especial malignidad de encapricharse de lo que tú más quieres, de tu mejor amiga?  Es natural que lo creas, porque tu experiencia es la que es…  Pero eso es una creencia, no una realidad, porque tu experiencia se basa en una muestra de seis personas (tres ex-novios y tres ex-amigas) y en el mundo hay millones de personas que no son así.

¿Cuál es el problema que subyace detrás de estos ejemplos?  Que una vez instaladas en nuestro inconsciente, las creencias ya no son cuestionadas por nosotros, sino que nosotros somos cuestionados por ellas.  Y no importa si son creencias que nos hacen mejores o creencias que nos hunden…  Son creencias, y no se cuestionan.  Pero aun es más grave porque, como advierte R.L. Leahy,

Cuando la información o experiencia que recibimos no coincide con las creencias que guardamos en nuestro interior, resolvemos el conflicto a favor de las creencias o esquemas previos.  Esto es, nos engañamos a nosotros mismos.

Ése es el gran peligro de las creencias, que en lugar de acercarnos a la realidad, nos alejen de ella.  Y por eso mismo se vuelve tan importante trabajar conscientemente sobre ellas, identificándolas, cuestionándolas, contrastándolas con la realidad y -si es preciso- reemplazándolas o matizándolas.

Bienvenidas sean las creencias que nos ayudan a crecer y a vivir una vida buena y con sentido…  Pero no podemos permitir que una creencia limitante nos impida descubrir el esplendor de la existencia.  Hay trabajo por hacer, pero el esfuerzo merece la pena.

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