Llevo semanas en las que no escribo nada en el blog.  No es dejadez, es que no hay nada  de decir.

Parece que mi corazón, mi mente y mis musas requieren de un tiempo de recogimiento, de silencio.  Y lo respeto.

Porque, cuando he intentado forzarme a escribir (y podéis creerme, lo he intentado más de una vez), el texto suena a artificiosidad, lo dicho me sabe a mentira.  Y no escribo para quedarme con mal sabor de boca.  Así que borro esas palabras sin sustancia y las dejo donde merecen estar, en la papelera.

Siempre he escrito para decir lo que no puedo ni debo callar.  Todo lo demás, sobra.  Tal vez, hasta esta explicación resultaba innecesaria…  Pero he querido darla porque la mereces, porque no es que te tenga abandonad@…  Es que te respeto demasiado como para darte a leer cualquier cosa.

Toca esperar con calma, en silencio, a que surja de nuevo la palabra…  Si surge.  Y, si no, hasta aquí llegó esta historia.  Yo la he disfrutado, y confío en que tú también.

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