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Eutanasia: un tema recurrente superficialmente tratado

El debate sobre la eutanasia no es nuevo, lo hemos vivido otras veces.  Va y viene, sin parar.  Enarbolado por unos como bandera y combatido por otros como si del mismísimo Satanás se tratara, es una batalla constante que se libra desde la manipulación y las vísceras, en lugar de hacerlo desde la cabeza y el corazón.

En este post trataré de evitar los argumentos  a los que nos tienen acostumbrados unos y otros, trataré de evitar la manipulación y la propaganda, trataré de hacerte pensar por ti mismo sobre un tema tan serio como es el mantener o poner fin a la propia vida, un tema tan doloroso como es decidir poner fin a la vida de un ser querido o un tema tan escabroso como es que otro decida poner fin a tu vida…

Sin embargo, no me oculatré tras una aparente indiferencia y mostraré cuál es mi opinión…  Y por qué.

 

 

¿Por qué nadie habla de la muerte y todos hablan de eutanasia?

Me gustaría que te plantearas esta cuestión, porque considero que resulta clarificadora: vivimos una sociedad en la que la muerte no es bienvenida, en la que no hablamos de ella, en la que ocultamos su existencia hasta el punto de tratar que se produzca siempre que sea posible entre las asépticas paredes de un hospital porque así se evita que esté a la vista de todos.  ¡Qué lejos han quedado aquellos años en los que uno veía morir a sus familiares en casa y les acompañaba en sus últimos momentos!  Hoy resulta algo excepcional, pese a ser una experiencia única tanto para el que se va como para los que se quedan…

Nadie habla de que vamos a morir, pero a todos se les llena la boca hablando de eutanasia.  ¿Tendrá algo que ver con el hecho de que nos aterroriza la muerte que llega sin avisar y, por el contrario, nos ofrece una cierta sensación de control y seguridad pensar que podemos escoger cuando nos vamos a marchar de este mundo?

Ahí te dejo la pregunta, junto con un matiz: aunque se apruebe la ley de eutanasia en España, eso no significará que tú puedas escoger cuando vas a morir.  Seguirás pudiendo morir de forma inesperada.  Simplemente podrás escoger morir antes de que la muerte haya decidido picar a tu puerta.

 

 

La etimología de eutanasia

 

Mil veces he dicho, y no me cansaré de repetir, que a etimología -el estudio de la raíz u origen de las palabras- nos ayuda a comprenderlas con especial profundidad.

El término eutanasia, procede del griego εὐθανασία.  Este término hace referencia a una buena muerte, a una muerte digna, a una muerte humana y humanizada.

Dicen -los que saben de esto- que la primera vez que alguien prominente utilizó el término en el ámbito médico fue F. Bacon en 1623 (en Historia vitae et moris) al afirmar que:

La función del médico es devolver la saludo y mitigar los sufrimientos y los dolores, no sólo en cuanto esa mitigación puede conducir a la curación, sino también si puede procurar una muerte tranquila y fácil (eutanasia)

El problema está en que, como siempre, cada uno entiende por eutanasia lo que quiere, o lo que le apetece.  Es más, no es raro que manipulemos las palabras para hacerles decir lo que queremos que digan, por contradictorio que resulte.

 

¿Qué entendemos por muerte digna o buena muerte?

 

La dignidad de tu muerte radica en que la escojas tú

 

 

Simplificando una primera concepción -muy aceptada- de muerte digna, una buena muerte sería, simplemente, la que yo quiero tener, la que yo decido tener, la que depende de mi voluntad.  Así que mi buena muerte no tiene por qué ser como la tuya, ni la tuya como la mía.  En esto radicaría la dignidad de la muerte, en que yo la haya escogido.

 

 

¿La muerte que no avisa es indigna?

 

Si aceptamos esta premisa, que parece muy razonable, deberemos asumir que la mayoría de muertes son indignas…  Porque la mayoría de nosotros no escoge cuando va a morir, sino que es sorprendido por una guadaña que siega la vida bajo nuestros pies sin que en ocasiones nos dé tiempo -ni tan siquiera- a darnos cuenta de lo que está pasando.

 

 

¿Sólo es digna la muerte de quien decide poner fin a su vida?

 

Otra paradoja de esta posición aparentemente tan razonable es que sólo sería digna la muerte del que decide privarse de la vida.  El resto partirían de este mundo indignamente.

¿Acaso no es digno, dignísimo, asumir que en esta vida -por norma general- aceptamos que todo tiene un principio y final, que con el nacimiento comienza el perecer y que igual que la Vida no nos pidió permiso para traernos a la existencia la muerte tampoco nos pide opinión para arrebatarnos -como mínimo- de esta forma de existir?

 

 

¿Realmente eres libre al escoger morir?

 

En este blog hemos meditado muchas veces en torno a la libertad, a lo difícil que resulta ser libre, a los mil condicionamientos internos y externos que limitan y restringen nuestra capacidad de decisión lúcida.

Si pongo habitualmente en cuestión nuestra lucidez para decidir en las pequeñas y a menudo irrelevantes cuestiones cotidianas, ¿cómo no me va a dar respeto pensar que podemos decidir condicionados en una cuestión sobre la que ya no hay vuelta atrás?

¿Realmente consideras que decides libremente sin ser condicionado por tu entorno, por tu educación, por tus circunstancias, por tu estado de ánimo o por la manipulación de un tercero?  ¿Cuántas veces te has arrepentido de una decisión que tomaste en un mal momento?

¿Y no te asusta decidir que te arrebaten la vida y que esa decisión esté influenciada por elementos que no controlas?

 

 

La dignidad de tu muerte radica en que no sufras

 

Una segunda posición respecto a la eutanasia y la dignidad de la muerte tiene que ver con el sufrimiento.  Según esta forma de entenderlo, es digna una muerte en función de que el enfermo no sufra dolores en la recta final de su vida.  Posición que también me parece de lo más razonable, pero que también requiere de sus matices y reflexiones.

 

 

¿El dolor siempre es malo?

 

Si hay algo que da más miedo a nuestra sociedad que la muerte es el dolor.  El sufrimiento asusta más que la incerteza de la nada porque es concreto y lo hemos experimentado en mayor o menor medida.

Aunque tiene una función de alarma (el dolor nos avisa de que hay algo en nuestro cuerpo -o en nuestra alma- que no funciona como debería), no voy a negar que el dolor es molesto…  Muy molesto.  Y por eso son bienvenidos todos nos analgésicos que nos ayudan a paliarlo…  Siempre que no nos distraigan de la causa de ese dolor.

Porque si la causa tiene solución, más nos vale tratarla antes de que sea demasiado tarde.  Y en demasiadas ocasiones un uso habitual de fármacos analgésicos nos lleva a vivir y convivir con una enfermedad que va creciendo hasta que ya no tiene solución y nos devora.  Ahí dejo el aviso.

Dicho esto, hay enfermedades que ya no son curables y causan dolor.  En ese caso, bienvenidos sean los analgésicos y los cuidados paliativos que han aportado paz y sosiego a miles de moribundos que de otro modo partirían de aquí rabiando.

 

 

Dolor y conciencia

 

Sin embargo, he conocido a quien ha renunciado a los potentes analgésicos que le ofrecían en la recta final de su vida porque quería mantenerse consciente de la familia que le rodeaba, pese a que eso implicara soportar terribles sufrimientos.  No quería morir sólo, sedado, inconsciente.  Quería aprovechar cada segundo de vida que le quedara para estar con aquellos a los que no iba a ver más…  Al menos del mismo modo.

Sufrió él y sufrieron quienes le acompañaban, pero le entendieron y respetaron -con amor- su decisión, que era coherente con la que había sido su vida.

¿Aceptamos el derecho a sufrir dentro de lo que configura una muerte digna?

 

 

¿Dolor o sufrimiento como puerta a la eutanasia?  El caso de Ramón Sampedro

 

Hay quien considera que debería permitirse la muerte (¿suicidio?) asistida (bajo la denominación de eutanasia) de aquellas personas que tienen fuertes dolores permanentes derivados de una enfermedad que no tiene cura.

Dejando al margen que una enfermedad puede no tener solución hoy y tenerla dentro de un mes, estas personas bienintencionadas tratan de un modo distinto el dolor físico y el psicológico…  Y no siempre duele más uno que el otro.

Para el dolor físico disponemos de los cuidados paliativos que, a día de hoy resultan de gran ayuda para quienes sufren dolores en su cuerpo físico.  Pero no están tan desarrollados los paliativos para el alma.  Y, en mi opinión, son los dolores del alma los que con más fuerza claman para que se apruebe la eutanasia activa.

A modo de ejemplo, como bien recordó Pablo Echenique en su discurso en el Congreso, Ramón Sampedro no pidió que le quitaran la vida porque tuviera graves y potentes dolores físicos.  Su sufrimiento era otro, era interior, era el fruto de llevar treinta años postrado en una cama.

Así que, al cuestionarnos si el dolor es un criterio que justifique escoger morir…  Contemplemos todas las opciones posibles de dolor: el físico y el espiritual, el propio y el ajeno.

Porque los seres queridos también sufren al vernos impedidos en una cama, al vernos inconscientes, al vernos como vegetales, al tener que condicionar su vida a nuestra frágil existencia…  ¿Tienen o no tienen algo que decir sobre la continuidad de nuestra existencia?

 

 

La dignidad de tu muerte radica en que sea natural

 

 

Esta posición tercera posición consiste en afirmar que la muerte es digna en la medida en que sigue el curso natural de las cosas, en la medida en que se permite que la naturaleza siga su curso.

Como veremos, es la idea que justifica la defensa de la eutanasia pasiva (como modo de evitar el encarnizamiento médico o ensañamiento terapéutico) mientras que se opone a las formas de eutanasia activa por considerarlas una ayuda al suicidio, cuando no un asesinato.

¿Dónde ponemos el límite de ‘lo natural’, de nuestra pasividad?

Tampoco esta posición resulta sencilla porque implica discernir qué limites ponemos a lo ‘natural’.  Porque tomar penicilina no es muy natural, pero cura.  Una vacuna no tiene por qué ser muy natural, pero puede evitarte una enfermedad que se te lleve por delante.  O, un caso paradigmático y doliente: las transfusiones de sangre son una práctica artificial…  ¿Es razonable oponerse a ellas porque ‘no son naturales’ cuando nos resultan necesarias para sobrevivir?

¿Por qué hay apóstoles de la eutanasia que no aceptan la negación a recibir transfusiones de sangre por motivos religiosos?

Supongo que recordarás los casos que de vez en cuando aparecen en la prensa y que hacen referencia a Testigos de Jehová que, estando muy graves, se niegan a recibir transfusiones de sangre por motivos religiosos.  Todavía tengo presente el revuelo que se ha formado en más de una ocasión en contra de su decisión…  Por parte de muchos comentaristas y tertulianos que, al mismo tiempo, defienden sin sonrojarse cualquier forma de eutanasia (sea activa o pasiva) en nombre de la dignidad y libertad del enfermo.

Me parece cuanto menos curioso, y una clara muestra de cierto prejuicio que respeta todas las libertades menos la religiosa…  Prejuicio que no han asumido hasta el momento los tribunales de justicia, que han decidido aceptar la decisión manifestada en el testamento vital por parte de los mayores de edad…  Aunque no la de los menores, a quienes ‘condenan’ en todo caso a vivir -aun en contra de sus creencias- si existe alguna posibilidad médica de salvarles.

Tipos de eutanasia

En función del tipo de acción: eutanasia activa vs. eutanasia pasiva

Una primera clasificación de la eutanasia viene motivada por el hecho de que permitas que llegue la muerte sin hacer nada que lo evite (eutanasia pasiva) o que, por el contrario, hagas algo que directamente provoque la muerte del paciente (eutanasia activa).

Eutanasia pasiva y la dificultad de establecer los criterios de proporcionalidad y encarnizamiento médico

Recuperamos aquí la idea que mencionábamos anteriormente de ‘lo natural’ y de la dificultad de establecer los límites que lo definen.

Los partidarios de la eutanasia pasiva -o distanasia- suelen hablar de utilizar medios proporcionados y de evitar el encarnizamiento médico.  De no forzar un mantenimiento mecánico de la vida fruto de la obstinación de los vivos por no perder a su ser querido.

Pero volvemos a la misma cuestión de fondo: ¿quién define lo que es proporcionado?  Porque yo puedo considerar proporcionado emplear curas costosísimas y complicadas para mantener con vida a mi padre aunque sólo haya una posibilidad entre diez millones de que pueda recuperarse…  Mientras que el gestor del hospital estoy seguro de que lo valorará de un modo distinto.  Y no porque sea mala persona, sino porque no es su padre.  Y, sin duda, mi padre lo valorará de una manera…  Y puede que tu padre de otra.

Los pronósticos no siempre se cumplen: ¿cómo saber si estamos forzando mecánicamente la supervivencia del enfermo?

Por otra parte, los pronósticos médicos no siempre se cumplen.  ¿Quién nos asegura que los médicos aciertan cuando afirman que estamos manteniendo con vida mecánicamente a un enfermo?  Basta recordar el famoso caso de Karen Ann Quinlan que se suponía que moriría inmediatamente al retirarse la respiración artificial que se suponía que la ‘forzaba’ a seguir con vida…  Y tras desconectarla siguió respirando por sí misma durante otros nueve años.

¿Y si mantener una ayuda mecánica puede ser una ayuda para el restablecimiento total o parcial de un cuerpo enfermo?

¿Y qué opinas de los casos de todas aquellas personas que se suponía que estaban absolutamente inconscientes y que, al volver del coma, afirman que se enteraban de todo lo que sucedía a su alrededor?

La eutanasia activa: provocar la muerte del enfermo

La eutanasia activa consiste en realizar una acción que adelanta la muerte del paciente, que acelera su partida, que le mata.  Las motivaciones de la eutanasia activa, como hemos visto con anterioridad pueden ser -a grandes rasgos- el respeto a la libertad del paciente y el deseo de evitarle un dolor físico o espiritual.  La cuestión de fondo es si estas motivaciones son suficientes para ‘matarle’ (eutanasia activa) o sólo para ‘dejarle morir’ (eutanasia pasiva).

¿Médicos que matan?  El juramento hipocrático

 

Todavía hoy, los médicos se someten al juramento hipocrático que -según la tradición- procede de Hipócrates o de algún miembro de su escuela. Se trata de una guía ética de la profesión de Galeno que, en su versión original, decía así:

Juro por Apolo médico, por AsclepioHigía y Panacea, por todos los dioses y todas las diosas, tomándolos como testigos, cumplir fielmente, según mi leal saber y entender, este juramento y compromiso:

Venerar como a mi padre a quien me enseñó este arte, compartir con él mis bienes y asistirles en sus necesidades; considerar a sus hijos como hermanos míos, enseñarles este arte gratuitamente si quieren aprenderlo; comunicar los preceptos vulgares y las enseñanzas secretas y todo lo demás de la doctrina a mis hijos y a los hijos de mis maestros, y a todos los alumnos comprometidos y que han prestado juramento, según costumbre, pero a nadie más.

En cuanto pueda y sepa, usaré las reglas dietéticas en provecho de los enfermos y apartaré de ellos todo daño e injusticia.

Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo; tampoco administraré abortivo a mujer alguna. Por el contrario, viviré y practicaré mi arte de forma santa y pura.

No tallaré cálculos sino que dejaré esto a los cirujanos especialistas.

En cualquier casa que entre, lo haré para bien de los enfermos, apartándome de toda injusticia voluntaria y de toda corrupción, principalmente de toda relación vergonzosa con mujeres y muchachos, ya sean libres o esclavos.

Todo lo que vea y oiga en el ejercicio de mi profesión, y todo lo que supiere acerca de la vida de alguien, si es cosa que no debe ser divulgada, lo callaré y lo guardaré con secreto inviolable.

Si el juramento cumpliere íntegro, viva yo feliz y recoja los frutos de mi arte y sea honrado por todos los hombres y por la más remota posterioridad. Pero si soy transgresor y perjuro, avéngame lo contrario.

El texto marcado en negrita resultaba seriamente molesto para la práctica de la medicina actual, así que se ha ‘actualizado’ o adaptado y hoy existen nuevas versiones en las que la eutanasia y el aborto ya no suponen una clara y directa infracción del mencionado juramento hipocrático.  Lo vemos, por ejemplo, en la versión de Ginebra de 2017:

COMO MIEMBRO DE LA PROFESIÓN MÉDICA:

PROMETO SOLEMNEMENTE dedicar mi vida al servicio de la humanidad;

VELAR ante todo por la salud y el bienestar de mis pacientes;

RESPETAR la autonomía y la dignidad de mis pacientes;

VELAR con el máximo respeto por la vida humana;

NO PERMITIR que consideraciones de edad, enfermedad o incapacidad, credo, origen étnico, sexo, nacionalidad, afiliación política, raza, orientación sexual, clase social o cualquier otro factor se interpongan entre mis deberes y mis pacientes;

GUARDAR Y RESPETAR los secretos que se me hayan confiado, incluso después del fallecimiento de mis pacientes;

EJERCER mi profesión con conciencia y dignidad, conforme a la buena práctica médica;

PROMOVER el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica;

OTORGAR a mis maestros, colegas y estudiantes el respeto y la gratitud que merecen;

COMPARTIR mis conocimientos médicos en beneficio del paciente y del avance de la salud;

CUIDAR mi propia salud, bienestar y capacidades para prestar una atención médica del más alto nivel;

NO EMPLEAR mis conocimientos médicos para violar los derechos humanos y las libertades ciudadanas, ni siquiera bajo amenaza;

HAGO ESTA PROMESA solemne y libremente, empeñando mi palabra de honor.

El juramento hipocrático ha cambiado, pero cada médico debería reflexionar en su interior sobre cómo entiende su profesión, cuáles son sus deberes con los pacientes, cuál es su responsabilidad respecto a la salud y el sufrimiento de los enfermos…  Tratar con la vida y con la muerte exige reflexión, consciencia y responsabilidad.  Y esa reflexión no puede cederse a los comités de bioética de los centros médicos porque quien debe decidir en cada caso concreto es el médico que se enfrenta a un dilema profesional, moral o ético.  Y no siempre sirven las recetas de otros.

En función de quién toma la decisión

Eutanasia suicida

Es el enfermo quien solicita la eutanasia activa o pasiva.

La valoración que cada uno dé a esta forma de eutanasia dependerá de la valoración que otorgue al suicidio puesto que, en sentido estricto, es una modalidad de éste.

Respecto a esta forma de eutanasia, siempre me surge la duda de si la decisión de morir es una decisión libre cuando se toma en medio de una situación de grave enfermedad.  Puedo entender que -quien en estado de salud y plena lucidez mental- deja escrito en su testamento vital que no quiere seguir viviendo en caso de enfermedad grave, dolorosa e incurable, sabe lo que está haciendo…  Lo comparta yo o no.

Pero no lo tengo tan claro de quien toma esa decisión ‘en caliente’.  En tiempo de desolación no hacer mudanza, decía el de Loyola.  Y aquí estamos hablando de una gran desolación…  Y de una mudanza sin vuelta atrás.  ¿Cómo medir el grado de lucidez del enfermo y el grado de afectación por el dolor, por el miedo o por la depresión?

No es una cuestión fácil, y debe ser tomada en cuenta.

 

Eutanasia homicida por piedad

En este caso, hay un tercero que decide por ti, motivado por la piedad, porque no quiere verte sufrir.  Su intención es buena, no hay duda, le mueve el amor por ti.  Aunque no siempre se hace, me gusta distinguirla de la asistencia al suicidio (que incluiría en el supuesto anterior porque es uno mismo quien decide acabar con su vida, aunque necesita de la intervención de un tercero).

¿Qué nos lleva a pensar que la mayor muestra de amor es ayudar a morir a alguien?  ¿Es realmente así?  Trataremos sobre este tema más adelante.

Eutanasia homicida eugenésica

 

Aquí también es un tercero quien decide por ti que debes morir, pero no lo hace por amor o piedad sino por motivos de carácter antropológico, ideológico, económico, social, político, racistas, de comodidad…  Alguien, en este caso, tiene el poder de decidir si merece la pena que sigas viviendo o no, si estás aportando algo o eres una molestia.  Aquí tú muerte es digna, no porque tú decidas libremente vivir o morir, sino porque cumples o no los estándares de quien decide.

¿Nos fiamos del poder?  La pendiente del suicidio al asesinato

El poder corrompe a todo hombre que no sea excepcional, de ahí nacen muchos de los males de nuestra sociedad.  Sabiendo eso, pánico me da que un gobierno meta la mano en el tránsito entre la vida y la muerte.  Porque lo que hoy comienza como un homicidio por piedad es sencillo que termine convertido en un homicidio eugenésico o por interés (generalmente pecuniario).

¿Imaginas que el legislador decidiera, por ejemplo, que todos aquellos que llevan un año en coma DEBEN ser ‘eutanasiados’ porque vivir en una inconsciencia tanto tiempo no es humano o, simplemente, porque resulta muy caro mantenerlos en ese estado en un momento en el que las arcas del estado no se encuentran en su mejor momento?

Yo sí que me lo imagino porque la historia nos enseña que, demasiadas veces, quien tiene el poder excede los límites de la política para tratar de legislar sobre nuestra conciencia y forma de vida, si eso le beneficia de algún modo.

 

Algunas cuestiones finales que aportan luz

 

La pregunta de Viktor Frankl por el sentido: ¿por qué no te suicidas?

 

 

Viktor Frankl es uno de esos autores que me fascina porque su bibliografía corre paralela a su biografía.  Este psiquiatra y filósofo austríaco que creó la logoterapia, sobrevivió a varios campos de concentración nacionalsocialistas gracias a centrar su atención en buscar los motivos para vivir, en lugar de dejarse arrebatar por las mil razones que le empujaban a dejarse morir.

Autor del conocidísimo libro ‘El hombre en busca de sentido’, a menudo realizaba a sus pacientes la siguiente pregunta: y usted, ¿por qué no se suicida?  Creo que es una buena pregunta.  Porque todos conocemos a personas con vidas muy desgraciadas que son capaces de vivir e -incluso- de ser felices porque consideran que su vida tiene un sentido y, por desgracia, a menudo descubrimos que personas con vidas cómodas y aparentemente ‘de lujo’ se suicidan sin que propios o extraños terminen de comprender el porqué.

Me planteo la misma cuestión en el caso de los enfermos crónicos, de quienes padecen una enfermedad degenerativa o de los desahuciados por los médicos…  ¿Por qué unos quieren acabar con su vida lo antes posible y otros no?  ¿Qué diferencia la vida y el espíritu de dos personas postradas para siempre en una cama cuando uno siente el impulso de seguir exprimiendo lo que le queda de vida mientras que el otro sólo desea deshacerse de ella?

Sin duda, el deseo de morir, de poner fin a la vida, es el resultado de no encontrar un sentido al futuro.

 

 

¿Por qué consideramos que nuestra vida ya no tiene sentido?

 

¿Ha tenido sentido alguna vez nuestra existencia?

 

Después de escribir la pregunta que da título a este epígrafe me he dado cuenta de que, en realidad, tiene truco.  Porque da por supuesto que antes sí tenía un sentido…  Y, desgraciadamente, no siempre es así.  A menudo no vivimos la vida con proyectos, metas y sentido sino que somos vividos en nuestro existir.  Y todo va bien mientras ese ‘ser vivido’ es agradable y cómodo, pero pierde todo su interés cuando nos crea dolor o dificultades.

Como sociedad, deberíamos plantearnos si lo estamos haciendo bien al promover una existencia basada en la diversión y el consumo, en lugar de fomentar la reflexión y acción que nos enriquecen como seres humanos, nos ayudan a comprendernos y nos permiten dotar a nuestra vida de un sentido de misión que nos anima y estructura.

 

 

Si sólo eres cuerpo, ¿eres menos humano por estar enfermo?

 

Yo formo parte de los nostálgicos que consideramos que el ser humano está compuesto de cuerpo, mente y espíritu.  Sí, lo sé, no está muy bien vista esta concepción tripartita del ser humano…  Pero me da igual, porque creo que es la que más se acerca a la realidad y -además- me funciona…  También en este tema.

Porque en el momento en el que restringes la humanidad a la corporalidad, o si quieres a la corporeidad y racionalidad, uno pasa a ser más o menos humano en función de que su físico o intelecto estén en mejor o peor estado.  Y esto tiene consecuencias serias a la hora de valorar la propia vida y, lo que es más peligroso todavía, la de los demás.

Porque, si sólo somos cuerpo y razón, ¿cómo vamos a considerar que merece la pena que siga viviendo un enfermo tetrapléjico que, además, sufre de alzheimer?  ¿Vivir con un cuerpo y una mente deteriorados?  ¿Para qué?  Es un argumento parecido al que se utiliza para abortar a quienes una miocentesis advierte de que pueden padecer síndrome de Down.  ¿Realmente eso no es vida?  ¿Realmente se es menos humano por sufrir un deterioro del cuerpo, de la mente, o de los dos?

Stephen Hawking sufría ELA, y padeció un insufrible deterioro físico que para muchos habría supuesto un motivo de peso para acabar con su vida.  Independientemente de que compartamos o no sus teorías científicas, imagino que estaremos de acuerdo en que habría sido una pena vernos privados de su existencia porque aportó mucho a la ciencia y a la vida de miles de personas que han visto en su ejemplo una motivación para no dejarse abatir por una grave enfermedad degenerativa, al comprobar que son mucho más que su movilidad y que pueden dotar de sentido a su vida, incluso, desde una severa parálisis…  Porque tienen mucho más que aportar, ya sea desde su razón o desde su espíritu, desde su corazón.

 

 

La necesidad de los paliativos, no sólo para el cuerpo, sino para el alma

 

Creo que todos los que hemos convivido con un enfermo terminal que sufría graves dolores físicos coincidiremos en que los paliativos resultan algo imprescindible, tanto para los enfermos como para su círculo más cercano de seres queridos.  De hecho, hay una frase del Dr. Wilke que me pareció de lo más certera:

Si tu médico no te evita los dolores, no pidas la eutanasia…  Cambia de médico, porque el tuyo es un incompetente

Como la mayoría de frases efectistas, tiene un punto de simplificación, pero transmite con claridad que hoy en día existen medios muy válidos para paliar los dolores que acompañan a ciertas enfermedades que no tienen cura.  ¿Por qué dejar que sufra un enfermo que no tiene curación si se le pueden evitar los dolores físicos en la recta final de su vida?

Sin duda, los paliativos son de ayuda para evitar que quienes no soportan el dolor soliciten que se ponga fin a su vida de forma anticipada.  Por ese motivo, encuentro a faltar un mayor desarrollo de los paliativos para el alma.  Porque, con cualquier enfermedad seria, con cualquier dificultad importante a la que nos enfrente la vida, no sólo sufre el cuerpo, sino la mente y el corazón…  Y parece que no prestamos suficiente atención a estos dos últimos.

Hay varios estudios que ponen de manifiesto que se dan menos suicidios entre personas que cultivan la faceta espiritual en su vida.  No creo que se deba a que sean mejores personas, ni a que tengan vidas más fáciles, ni siquiera al miedo al infierno…  Simplemente, disponen de unos medios que les permiten lidiar de un modo distinto con el sufrimiento, sea éste del tipo que sea.

No me parece mal que se reivindiquen los derechos y autonomía de los pacientes, incluso que sus partidarios propongan el derecho a morir si ellos lo deciden, pero -y esto es una opinión muy personal que entiendo que puedas compartir o no- considero que antes habría que reivindicar cuestiones más básicas y sencillas, como el garantizar un acompañamiento o coaching de las personas que sufren enfermedades graves o serias dificultades en su vida para tratar de dotarlas de herramientas u opciones que no resulten tan definitivas como quitarse la vida.

 

No todas las posibilidades tienen por qué ser derechos

 

Lo que voy a decir es obvio, pero molestará a más de uno.  La vida nos ofrece mil posibilidades (como el suicidio o la asistencia al suicidio) que nadie nos puede impedir, por mucho que se legisle en contra.  Posibilidades que uno puede humanamente comprender atendiendo a las circunstancias de cada caso, aunque no comparta la decisión.  De ahí el éxito de la película ‘Mar adentro’.  Pero que algo sea una posibilidad, que algo sea comprensible -o incluso razonable- no implica que pueda o deba convertirse en un derecho.

Pondré un ejemplo muy salvaje que, por su radicalidad, ayudará a que se me entienda…  Aunque implicará la pérdida de los matices.  Confío en que lo leas con ánimo de comprenderme y no de juzgarme:  tengo tres hijas y, por eso mismo, puedo entender que un padre asesine a quien ha torturado, violado y matado a una de sus hijas.  Puedo entenderlo, puedo compartir su dolor y su ira…  Y no sé si yo haría lo mismo en sus circunstancias.  Pero no creo que sea lo ideal.  Lo reconozco como posibilidad, pero no creo que me corresponda reivindicarlo como derecho.

No creo que terminar con una vida, sea propia o ajena, sea un ideal en ningún caso.  Puede ser una posibilidad, pero no me gusta la idea de institucionalizarlo como derecho.  Me da pavor.  Porque, cuando en nombre de la dignidad humana empezamos a legislar sobre la vida y la muerte, solemos acabar acumulando cadáveres…  De otros.

 

Reflexionar para redactar el testamento vital

 

Está claro que no estamos ante un tema fácil, que hay mil motivaciones, circunstancias y matices que merecen ser tomados en consideración…  Y que hace referencia a una cuestión tan básica e íntima que asusta que otro pueda decidir por nosotros en cualquier caso.

Yo sigo reflexionando porque sigo teniendo dudas, porque hay zonas grises que todavía no veo con claridad.

Lo que sí que tengo decidido es que, en la medida en que vaya teniendo luces, elaboraré un testamento vital para que el estado y mis seres queridos no tengan dudas sobre mi voluntad y mis deseos en caso de que las cosas se pongan feas.

 

Conclusión

 

Como ves, lo de hoy no ha sido un ensayo sino una reflexión compartida.  Te he permitido ir siguiendo el hilo de mis reflexiones y pensamientos con la esperanza de que ayudara a que tú realices tu propio trabajo interior.  No he intentado convencerte de nada, no es la función de este escrito.  Sólo pretendo que te ayude a pensar…  Y que compartas con nosotros tus propias reflexiones.

La eutanasia no es un tema fácil, pero sí un tema importante.  Y, por eso mismo, debemos dedicarle un tiempo, aunque nos parezca que nos supera.  Es cuestión de vida o muerte…  Sea ésta natural, suicidio o asesinato.

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