Si hay algo que compartimos todos los seres humanos -además de nuestra supuesta humanidad- es la experiencia del fracaso.  Todos y cada uno de nosotros, alguna vez, ha errado el tiro y no ha logrado alcanzar sus objetivos…  Todos y cada uno de nosotros, en alguna ocasión, hemos fracasado.

Sí, sí, fracasado, tal y como lo oyes.  Sé que es un término molesto, que no nos gusta, que tratamos de esconder con tanto ahínco como ocultamos la muerte.  No nos gusta errar, nos pone en contacto con nuestra imperfección, con nuestra incapacidad, con nuestro error…  Y eso nos humilla.

Humillación, etimológicamente, procede de humus, de esa capa superficial del suelo (compuesta de restos orgánicos de animales y vegetales) que confiere a la tierra los nutrientes necesarios para que los árboles y plantas puedan crecer y desarrollarse con salud y fuerza.  La humillación del fracaso, correctamente interiorizada, reflexionada y aceptada, tiene las mismas características que el humus, nos ayuda a crecer.

Para ello, es preciso aceptar que se ha fracasado y aprender del error.  Porque si no hemos logrado nuestro objetivo es que nos hemos equivocado en nuestra valoración previa, y eso implica un desconocimiento de la materia, de las circunstancias o de nosotros mismos.  Hay que detectar cuál ha sido la causa de nuestra equivocación, subsanarla y volver a intentarlo.

En esto fue un ejemplo a tomar en consideración Thomas Alva Edison, que antes de conseguir una bombilla que funcionara tuvo que hacer unos mil proyectos que fracasaron.  No los consideró mil fracasos sino mil aprendizajes.  Había aprendido mil maneras en las que no había que fabricar una bombilla si querías que funcionara.  Dicho de otra manera: no hubo cien fracasos sino un éxito que exigió cien pasos previos, porque sin ellos -y sin el aprendizaje que obtuvo de cada error- no lo habría logrado.

Fracasar no supone ser un fracasado.  Eres un fracasado si, tras un fracaso, tras el resbalón que supone, te quedas en el suelo lamiéndote las heridas, sin hacer nada más…

Me gusta la imagen del fracaso como una gran placa de hielo en la que penetras sin darte cuenta y, claro, resbalas y te vas al suelo.  Si no haces nada, tras el batacazo estarás humillado, dolorido y cada vez más entumecido.  Es preciso tomar consciencia de lo que ha sucedido, descubrir la causa de la caída, buscar los medios para no caer de nuevo e, incluso, para convertir esa circunstancia en una oportunidad.  Porque el mismo hielo que te ha hecho caer, el mismo fracaso, se puede convertir en una enseñanza que transforme de la peligrosa placa helada en una pista de hielo que te conduzca, veloz y cómodamente, hacia el éxito que siempre has deseado.  Basta con patinar sobre los fracasos, deslizándose con arte y suavidad, y levantarse tras cada caída (que seguro las habrá) aprendiendo de lo vivido sin perder la esperanza en lo que está por venir.

Fracasar no te convierte en un fracasado; no levantarte tras una caída, sí.

Tú eliges.

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