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Muchos de nosotros vivimos en pisos o casas que no nos pertenecen completamente, compartimos la titularidad de nuestro hogar con un banco hasta que terminemos de pagar el dinero que se nos prestó para adquirir ese inmueble…  Y, no lo olvidemos, no basta con restituir el capital prestado, hay que abonar sus intereses…  Que, en ocasiones, son una auténtica barbaridad…  En definitiva, lo que quiero decir es que muchos tenemos hipoteca.

Las hipotecas están de moda, y porque no me gustan las modas no voy a tratar en este artículo sobre los desahucios y las daciones en pago…  Quiero llamar vuestra atención sobre unas deudas distintas, sobre las que no hipotecan nuestra casa sino nuestras vidas.  Porque también muchos de nosotros hemos tomado decisiones que nos han conducido al presente que vivimos, que no siempre es un paraíso de libertad.  Nuestros actos del pasado han ido construyendo nuestro presente, y éste constituye los pilares de nuestro futuro.

¿Vives hipotecado? ¿Sientes que has vendido tu alma, que transitas una vida que no es tuya y que estás pagando un alto precio que no sabes durante cuánto tiempo podrás satisfacer?

Aquí no hay normativas legales ni gobierno que imponga soluciones, eres tú quien decide: debes valorar si la vida que tienes te hace feliz, si realmente estás o no en tu lugar, si puedes pagar el precio que exige sin hacerte jirones el alma y, si -por desgracia- la respuesta es negativa, debes tomar una decisión capital.

Las opciones que tienes se ven con claridad cuando tratamos con inmuebles, así que sigo con el símil:

1.  Puedes buscar más fuentes de ingresos para satisfacer una cuota que no te va bien pagar.  O, dicho de otro modo: aunque sientes que tu vida está hipotecada, decides pagar su precio y –para ello- haces lo que sea necesario, le dedicas todo tu tiempo y todas tus energías a esa existencia que no te gusta, llegando a apoyarte en tu familia para seguir con esa vida que no es la tuya.  Puede que finalmente consigas hacerte con la propiedad de la existencia que has decidido vivir pero, tenlo claro, no estaba hecha para ti.  Así que, como ella no puede cambiar, quien ha cambiado eres tú…  Ya no eres el que eras…  Y eso no siempre es bueno…

2. Puedes tratar de negociar el precio, obteniendo –con suerte- una quita o espera…  Pero el acreedor, cual nuevo Mefistófeles, espera agazapado a que llegue el momento de cobrarse lo que le debes y, normalmente, el pago coincide con la pérdida de la libertad y de la felicidad.  No seas necio y no confundas valor y precio: ¿vale la vida que deseas el precio que tendrás que pagar por ella?

3.  Puedes mantenerte firme en tu modo de vivir (ya sea por cabezonería, ya sea porque no encuentras otra opción), y tratar de no pagar su precio…  Pero, tenlo claro, esta decisión termina siempre en tragedia: deshaucio (te obligan a cambiar de vida) o suicidio (pierdes tu vida porque, con tus propias decisiones, la has ido apagando poco a poco, atando a tu cuello cadenas y pesos que te hundirán en el océano de la existencia).

4. Por último, queda la opción de los valientes: puedes renunciar a la vida en que habitas y buscar una en la que el precio se adecue más a tus posibilidades o necesidades.  Pero claro, el cambio exige sacrificios y renuncias que no todos estamos dispuestos a hacer porque en ocasiones resultan heroicos.  Cambiar de vida no siempre es fácil, volver a empezar puede hacerse muy cuesta arriba…  Pero, cuando uno ha tomado un camino equivocado, más vale volver sobre los propios pasos que seguir caminando…  Porque cuanto más avancemos, más nos distanciaremos del camino correcto. 

Si sientes que vives una vida que no es la tuya, deja de desviarte de tu camino y busca “la casa de tus sueños”, plantéate qué vida te haría realmente feliz, a qué te llenaría de alegría y satisfacción dedicar tu existencia.  Hazlo con sensatez y realismo, sin precipitarte…  Todavía estás a tiempo de liquidar la hipoteca que pesa sobre tu vida.  Tendrás que pagar un precio, de eso no hay duda…  Pero puede ser que sea el coste de tu felicidad, de tu tranquilidad, de una vida lograda.  Plantéatelo, es importante.


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