Ser hombres y mujeres para los demás.  La ignaciana expresión que da título al post de hoy no es mía, es de Pedro Arrupe…  Todo un ideal de vida: vivir entregándose, poniendo el centro en los otros en lugar de en uno mismo, convirtiéndose en salvavidas para quienes sufren.

¿Qué entregar?  Todo, pero especialmente lo mejor de nosotros mismos.  Poner nuestros talentos, nuestro poder, al servicio de quienes lo necesiten, ayudando a aliviar dolores ajenos.

Decimos que Dios es omnipotente, y lo es…  Pero a menudo olvidamos que su omnipotencia actúa a través de nuestras potencias, a través de nosotros…  Y, para ello, es preciso que alineemos nuestra voluntad con la suya renunciando a las mundanas tentaciones de codicia, gloria e instrumentalización de Dios en favor de nuestro egoísmo.

Ser para los demás, permanecer atentos a sus necesidades y disponibles para ellos.  Partirnos y compartirnos para hacernos alimento, al modo eucarístico.  Ése es el principal misterio, sacramento y milagro.

Un milagro que necesita de nosotros y de nuestra mejor disposición, del mismo modo que en Caná hizo falta el agua, las tinajas de purificación y el ‘haced lo que Él os diga’ para que el agua se convirtiera en vino.  Los milagros existen pero no surgen de la nada, parten de lo que hay…  Por imperfecto que sea, por imperfectos que seamos…  Y ése es el milagro.

En un mundo que promueve el egoísmo y que es arrasado por el sinsentido, vivir con la mirada y el corazón puestos en los demás es algo revolucionario…  Un cambio de perspectiva que nos permitirá acceder a esa felicidad que se oculta en nuestro interior pero a la que sólo se accede si se abre la puerta hacia afuera.

Siendo hombres y mujeres para los demás, todos ganamos.

Que la Gracia llegue donde fallen nuestras fuerzas.

Buen fin de semana.

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