Me gustan los textos de los clásicos, me fascina que cientos o miles de años después de su nacimiento, las palabras de estos autores sigan resonando y transformando a miles de personas.  Demuestran que son clásicos porque supieron conectar con la esencia de lo que somos, con nuestras raíces, con lo que hay de eterno en nosotros.

Es cierto que los clásicos, en ocasiones, son farragosos y pesados de leer, que su lenguaje puede resultar pesado y oscuro.  No lo voy a negar, es así.  Pero el esfuerzo merece la pena.  Leer la Bhagavad Gita -o a Platón- me cambió la vida, me abrió un mundo…  Puede que a ti te suceda lo mismo. Con éste o con otro texto de sabiduría de la antigüedad.

Si te da cosa caer víctima de una sobredosis, te animo a asomarte a un libro de que recopile frases célebres (hay miles) y que atiendas a quién es el autor de aquellas que más te resuenen.  Es una buena manera de empezar a incorporar la sabiduría de los clásicos a tu vida, y de ir delimitando cuáles de ellos escribieron para ti.

Porque también en la filosofía y la espiritualidad sucede algo parecido a lo que se da en la música: hay muchas canciones buenísimas, pero sólo algunas te gustan.  Otras, por muy buenas que sean, a ti no te dicen nada.  Y, ¿para qué mortificarse con ellas?

Busca a ‘tus’ clásicos y hazles un espacio en tu vida.  Verás cómo ésta se ensancha y gana en profundidad.

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