La Real Academia Española define la interferencia como la alteración o perturbación del desarrollo normal de una cosa mediante la interposición de otra que puede llegar a resultar un obstáculo.

Todos hemos sufrido alguna vez las interferencias durante una llamada de teléfono, o escuchando la radio, y sabemos lo molestas que son y lo que dificultan comprender lo que se está escuchando.  Por suerte, la tecnología avanza y cada vez las sufrimos menos…  O eso creemos.

Porque existen unas interferencias que sufrimos a diario, que nos afectan y que no siempre detectamos.  Son nuestras interferencias interiores: todos los condicionamientos, experiencias pasadas, ideas asumidas y prejuicios que nos llevan a interpretar lo que otro nos dice de un modo que, en ocasiones, tiene muy poco que ver con lo que nuestro interlocutor quiere decir.  Esas interferencias interiores son una profunda causa de muchos de nuestros conflictos e incomprensiones diarias, de nuestros disgustos, de nuestras discusiones.

Tengo un amigo que empieza sus reuniones, conferencias, entrevistas y talleres con unos minutos de silencio.  Hay quien no le entiende y se incomoda ante ese tiempo ‘perdido’.  Sin embargo, la función de ese espacio en el que nada sucede es acallar nuestras voces interiores, aclarar nuestra mente, alinear nuestro corazón y limpiar nuestros oídos para ver y oír lo que el otro dice desde el lugar en el que es dicho, sin interferencias interiores.  No hay tiempo mejor invertido.

Antes de cualquier conversación seria, trata de hacer ese silencio interior y -si no es posible, pero quieres que la conversación te lleve a algún sitio que no sea a un claro conflicto- trata de percibir y justificar las interferencias interiores que impiden al otro comprender adecuadamente lo que tratas de transmitirle.  Eso es una forma de amor -amor de aceptación- que hace milagros en la comunicación, te lo aseguro.

Ojalá todos fuéramos capaces de comunicarnos desde lo mejor de nuestro corazón…  El mundo estaría repleto de milagros.

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