Escribir es desnudarte ante un espejo.

Cada página que uno escribe refleja parte de su alma, de su experiencia, de su pensamiento, de su angustia, de su ser…  Y así debe ser para que el texto tenga vida, sentido y valor.

Pero, en ocasiones, uno se asusta ante la imagen que la hoja en blanco le hace contemplar.  Se asusta porque se reconoce, se asusta porque no quiere compartir ese retal de alma…

Entonces, puede que esa hoja quede oculta en su carpeta de apuntes íntimos o puede que -si considera que puede ayudar a otros al ser compartida- la enmascare en otro texto en el que cueste más identificarle o que, simplemente, lo publique tal cual está pero bajo otro nombre…  Con pseudónimo.

El pseudónimo, curiosa máscara que -en ocasiones- te dota de la libertad de mostrar la intimidad que el pudor te impide compartir, las experiencias o los pensamientos que pueden herir, las vivencias que -sabiendo que son tuyas- otros podrían utilizar contra ti.

El escritor no puede más que escribir, es su naturaleza…  Pero, ¿compartir?  Eso no es imprescindible…  Aunque cueste resistirse.

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