Asistir a una formación no es lo mismo que ir a una formación.  Puedes acudir físicamente a la cita, pero sin la predisposición interior a dejarte formar, dar forma, transformarte, ir más allá de la forma que tienes actualmente.

Asistir a una formación exige un cierto grado de humildad que no todos tenemos.  Ese grado de humildad que nace de la consciencia de que no somos los más listos, de que todavía nos queda mucho que aprender, de que hay otros puntos de vista y experiencias que pueden enriquecer el nuestro.

Asistir a una formación exige abrir la mente y, muchas veces, cerrar la boca.  Ayuda escuchar con ánimo de entender, y no de responder o criticar.  No es un debate, es una formación.  Tú has escogido escuchar a esa persona, no le hagas la vida imposible.  No te pierdas las perlas que te trae por escuchar tu engolada voz o tus ‘inteligentes’ comentarios.  De nuevo la soberbia, el orgullo, los complejos que te llevan a necesitar destacar…  No es el momento, ahora toca atender, empatizar, escuchar con ánimo de acoger…  Sólo de esta predisposición surge el aprendizaje y las dudas que a todos enriquecen, que a nadie ofenden y que aumentan la comprensión de todos y no la tensión.

Asisto a muchas formaciones, de distintas materias, estilos, metodologías y calidades.  Y puedo asegurarte que, cuando mi disposición ha sido la adecuada, no ha habido ni una sola de ellas que no me haya aportado una luz que haya valido la pena…  Y que, cuando he ido pero no he asistido (no he puesto de mi parte) no ha habido formación, por excelente que fuera, que me haya servido para algo. 

Nosotros marcamos la diferencia: ir o asistir, ésa es la cuestión.

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