Ayer por la noche estuve en un curso de formación como alumno.  No éramos muchos los que formábamos la clase. La ventaja de los grupos reducidos es que facilita que las sesiones sean mucho más participativas y personalizadas, facilitando la interacción con el ponente y con el resto de compañeros.  Esto, que generalmente es una ventaja, se convierte en una cruz cuando entre los miembros del grupo se encuentra alguien ‘difícil’.  Y ayer había alguien difícil, muy difícil…

Imagino que te sonará el personajillo si te has topado alguna vez con uno de su especie: porte envarado, voz engolada, normalmente bien formado, aire de superioridad, media sonrisa de suficiencia, mirada de perdonavidas y una insufrible necesidad de hablar e interrumpir constantemente para dejar constancia de lo mucho que sabe…  Y de que nunca se equivoca.  Además, dispone de la peculiar capacidad de convertir las preguntas en afirmaciones categóricas y, si no vigilas, en dardos lanzados contra el propio ponente.  Una delicia, vamos…

Normalmente, ese especimen de arrogante de manual se me hace insufrible y me cabrea sobremanera.  Ayer, no voy a engañarte, comenzó produciéndome un creciente malhumor pero terminó dándome pena, muchísima pena.  Porque me encontré planteándome qué tipo de inseguridad o vacío interior debía sentir esa persona para tener que reafirmarse de un modo tan absurdo ante los demás.  Por un instante, se me hizo claro y transparente que la arrogancia -pese a su apariencia rígida y áspera- es una forma de debilidad, una manifestación de flaqueza, de carencia, de sentirse menos que los demás pese a que -al menos ayer- se trataba probablemente del alumno más aventajado del aula.

Ayer, todos tuvimos que sufrir su insufrible arrogancia, pero estoy convencido de que él fue quien más sufrió de todos.  Y eso me dió que pensar, dando lugar a esta meditación del día y a la reflexión de que, si presto atención, debo reconocer que también yo -cuanto más inseguro me siento- más rígido y agresivo me vuelvo.  ¿Te sucede a ti lo mismo?  Si es así, y tomas conciencia de ello, me temo que a partir de ahora te mirarás con otros ojos la arrogancia de quienes te rodean.  Creo que yo lo haré.

 

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