Ayer estuve con uno de esos amigos que me enorgullece tener porque es una fuente inestimable de afecto y sabiduría.  Hace años que se cruzaron nuestros caminos y, desde entonces, hablamos y nos vemos con asiduidad.  Pocas personas conozco en mayor sintonía con la Vida, con Dios, consigo mismo y con los demás y -sin embargo- su voz no siempre es escuchada como merecería.

Cuando se lo hice notar, me respondió con una frase que -en mi opinión- sintetiza perfectamente la autoridad e indiferencia propias del sabio:

Yo no necesito que me escuchen…  Son ellos quienes necesitan escucharlo.  No soy más que el transmisor de algo que no me pertenece, que regalo porque me ha sido regalado, que está mucho más allá de mi mismo y que quiere llegar a todos para que sean felices…  Aunque cada uno tiene sus tiempos…  Y hay que respetarlos.

¡Magistral!

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