No hace falta ser cristiano para aprender de los evangelios…  Como no es preciso ser hindú para beneficiarse de las enseñanzas de la Bhagavad Gita.  Los libros de Sabiduría contienen perlas para todo el que se acerca a ellos con interés y reverencia.

Hoy quiero acercarme a la crucifixión de un modo que no he hecho hasta ahora…  Tal vez porque no me había hecho falta.

Vivimos un mundo repleto de injusticias, y parte de nuestra función en esta aventura es ayudar -con nuestra actuación- a convertir este valle de lágrimas en un paraíso de justicia, paz y amor.  Sin embargo, esta lucha por la justicia no siempre debe basarse en la oposición frontal -a veces hasta violenta- a la maldad.  Meditando esta mañana en torno al crucificado he percibido que Cristo toleró ser víctima -la más injustamente condenada de todas, para los cristianos- y no se resistió (ni permitió que los suyos se resistieran) a una cruel muerte, vergonzosa e indignante.

Más bien al contrario, se hizo dócil al escarnio y permitió que su crucifixión fuera vergüenza para quienes le condenaron.  Una terrorífica e infamante visión que transformó, sin duda, mentes y corazones que se vieron enfrentados a la dureza, injusticia y maldad de un sistema que, por defenderse, fue capaz de condenar a un hombre bueno que no quería otra cosa que ser Dios con nosotros.

Aunque ante determinadas realidades uno siente el impulso de revolverse con fuerza y plantar cara (porque se nos revuelven las entrañas y no queremos sentir la culpa de pensar que formamos parte de esos buenos que no hicieron nada, facilitando un mundo carente de libertad y amor), no es menos cierto que hay ocasiones en las que -cuando uno mismo es la víctima- podemos decidir que el mejor modo de ayudar no es el de Cristiada sino el de Gandhi, no es el enfrentamiento sino una resistencia tranquila, pacífica y paciente que exige una gran fortaleza interior para soportar el dolor en propias carnes con la esperanza de cambiar al otro, no desde la violencia o el enfrentamiento sino desde su confrontación con el daño que está causando…  Con la esperanza de que esa imagen, grabada en su retina y la de los demás, su manifiesta injusticia, termine llevándole a cambiar…  A él y al resto de testigos de lo que está sucediendo.

No digo que sea la única opción (estense tranquilos los amigos de Cruzadas, Cristiadas, guerrilleros y teólogos de la liberación más extrema) pero sí que afirmo que es una opción…  Y que me parece heroica.  Una opción que justifica colgarse una cruz al cuello como símbolo, no de la injusticia cometida con Cristo, sino de la enseñanza de que el pecado no tiene la última palabra…  Y que, en su propia naturaleza, se encuentra el germen de su fin.  Una opción que puede llevarnos a tolerar el pecado ajeno, la injusticia sufrida en propias carnes, con la esperanza de que -un buen día- quien hoy nos hace sufrir perciba el daño causado y su propia injusticia le mueva a cambiar, a dejar que la Luz inunde su alma perdida entre tinieblas.

No es rendirse, no es claudicar.  Es oponerse pacíficamente teniendo la esperanza puesta en que ese sufrimiento padecido es nuestra aportación a una transformación que parirá un mundo mejor.

Es fácil decirlo…  Mucho menos el llevarlo a cabo.  Os lo dice uno que, pese a todo, lo intenta.

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