El post de hoy no te va a gustar, te va a resultar molesto…  Casi tanto como me resulta a mí escribirlo.  Porque la idea de fondo del mismo es que somos culpables de muchas de las cosas que no nos gustan de nuestra vida…  Y cuya responsabilidad solemos achacar a algún otro.

La mayoría de personas que conozco (entre las cuales me incluyo) conviven con luces y sombras en sus vidas, con cosas maravillosas y con cosas que preferirían que fueran de otra manera.  Sin embargo, no siempre intentamos cambiar estas últimas.  ¿Por qué?  Porque consideramos que sus causas escapan a nuestra capacidad de actuación, que el mundo es así y no vamos a cambiarlo.  Siempre es más cómodo echarle la culpa a otro y así, de paso, evitamos tener que asumir nuestra responsabilidad.

No es raro encontrarse a profesionales de éxito, jóvenes directivos de grandes empresas con una formación envidiable y una carrera profesional meteórica que, cuando tomas un café con ellos, te confiesan que cada mañana se preguntan en qué momento se equivocaron.  Porque lo tienen todo, menos tiempo y compañía para disfrutar de lo que han conseguido.  Porque el precio a pagar por su éxito profesional ha sido su fracaso personal y familiar…  Y ése es un alto, altísimo precio.

Nos justificamos diciendo que la culpa es de la empresa, de la sociedad, del sistema…  Si somos sinceros con nosotros mismos, deberemos reconocer que no es así.  Que en la misma empresa, sociedad y sistema hay quienes entran en su dinámica y quienes dicen ‘basta’, más allá de esta línea no voy a pasar porque supondría perder lo realmente importante para mí.

Hay que ser muy valiente para plantarse, y muy sabio.  Porque no va a estar bien visto…  Entre otras cosas, porque tu priorización de lo realmente importante terminará causando la envidia de quienes hoy apuestan por la prosperidad material ‘cueste lo que cueste’.  Y cuesta, claro que cuesta…  Pero cuando tomas conciencia del coste que tiene no siempre es posible volver atrás.  Y, si lo es, puede que resulte muy traumático.  Todos conocemos casos de suicidios profesionales entre los cuarenta y los cuarenta y cinco años, porque uno ha decidido recuperar su vida.

Es imprescindible encontrar un equilibrio entre quienes somos y qué hacemos, entre qué entregamos y qué recibimos, entre el amor que damos lo amados que nos sentimos.  Sin equilibrio, paz interior y sosiego no puede haber felicidad…  Por muchos bienes que nos rodeen.

Vuelvo a uno de mis mantras de siempre: hay que vaciarse de lo superfluo para hacer espacio a lo realmente importante…  Si no es así, no habrá lugar para la dicha en nuestra vida.

¿Nos atreveremos?

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